Todos conocemos a los grandes paladines de la llamada ‘economía colaborativa’ como Uber o Airbnb; empresas que facilitan el contacto entre potenciales clientes y proveedores no profesionales de servicios como transporte en automóvil o alojamiento doméstico. El enorme éxito de algunos de estos servicios, que tienen millones de participantes, ha provocado una verdadera explosión de ofertas similares en múltiples campos. Hoy es posible usar un sistema similar a Uber para aviones, o como Airbnb pero para mansiones de superlujo. Mediante sistemas similares se puede contratar una cena gastronómica en una casa particular, o un servicio de limpieza doméstica por horas, o un médico a domicilio. Pronto hasta la banca verá amenazados sus márgenes por servicios de prestamos entre particulares.

Permite a cualquiera convertirse en proveedor de servicios que antes sólo podían proporcionar empresas como hoteles o taxisPero no solo eso: ya se puede incluso pagar (y cobrar) por una cita; por salir a tomar algo con alguien. La app alemana Ohlala es como Tinder pero con la particularidad de que permite a las mujeres ofrecerse para salir con un hombre a cambio de una cantidad de dinero: ya no se trata de simple ligoteo, sino de una transacción comercial. Siempre son ellas las que tienen el control, y el pago no presupone ningún servicio concreto; la empresa insiste en que no se trata de prostitución ni de servicios de escort, sino de compensar el tiempo de las mujeres implicadas. Aunque a veces la frontera no queda del todo clara.

La proliferación de estos servicios y su nombre de ‘economía colaborativa’ han confundido a muchos analistas, que los agrupan con otros modelos como el intercambio de servicios sin dinero de por medio o las divisas alternativas como si se tratase de algún tipo de sistema alternativo al capitalismo. Cuando en realidad lo que estos servicios proponen es una especie de ultracapitalismo llevado al extremo en el que las personas ponen a la venta una habitación de su casa, un asiento de su coche o, como en el caso de Ohlala, una noche de su tiempo a cambio de dinero. Por un lado permite a cualquiera convertirse en proveedor de servicios que antes sólo podían proporcionar empresas como hoteles o taxis, y al mismo tiempo sacar rendimiento a partes de su vida que antes no eran comerciales como la habitación sobrante o el rato de conducción en el camino a casa.

Pero desde otro punto de vista este tipo de venta no es una forma de solidaridad o una alternativa al capitalismo, sino la consecuencia de llevar al extremo la lógica del mercado: incluso quienes no son comerciantes ponen a la venta su tiempo, sus conocimientos, el asiento de su coche, su casa o su compañía. Hay poco de solidario en una aplicación que lleva la lógica del comercio hasta los rincones más recónditos de la vida y la persona.

Las leyes no contemplan esta nueva forma de transacción económicaLa llamada ‘economía colaborativa’ ni siquiera acaba con los intermediarios, sino que los reemplaza por otros. Los nuevos ofrecen menos ‘fricción’ en el sentido económico haciendo extenso uso de Internet, las redes de telefonía móvil, los servicios de geolocalización y la programación más sofisticada, pero no por ello dejan de ocupar un lugar central en las transacciones (y de llevarse la parte del león de los beneficios). De hecho parte de la fricción que se elimina son protecciones legales para el consumidor y el trabajador que ser evaporan de este tipo de acuerdos simplemente porque las leyes no contemplan esta nueva forma de transacción económica. Y como es obvio un mercado sin protecciones que pone a la venta aspectos cada vez más personales del individuo acabará por dar problemas a no ser que la ley espabile.