Los jueves son los días en los que se inauguran las exposiciones y también, por lo visto, cuando se renuevan los periódicos, así que aquí estoy yo, en la vernissage (perdón por el palabro) de 20minutos. Los responsables de esta publicación han tenido la idea loca de ofrecerme las cuatro paredes desnudas de esta columna para que cuelgue en ellas mis crónicas sobre la vida cultural española. Para mí es un honor y una alegría inmensos y procuraré que este lugar sea simpático y enriquecedor para todo el que se acerque aquí, a esta humilde embajada del Parnaso español.

Hoy, en vez de hablarles de la actualidad, voy a echar un vistazo hacia atrás, para que tengan alguna pista sobre mis gustos y sepan qué van a encontrarse cada viernes. Si hubiera dispuesto de esta tribuna antes, les habría recomendado, por ejemplo, la exposición retrospectiva de la pintora Marta Cárdenas en el Kursaal de San Sebastián, que elocuentemente se tituló Abre los ojos. ¡Y tanto que me los hizo abrir! Los ojos y el corazón. Para mí fue todo un descubrimiento conocer las primeras obras de esta autora, de un estilo realista tan conmovedor que, si fuera madrileña, estarían ahora en la exposición del Thyssen (hay vistas melancólicas de cuartos de baño –algo que, no sé por qué misterio, a los pintores realistas parece encantarles– y unos retratos y autorretratos maravillosos); a partir de ahí, Cárdenas inició un viaje artístico que, a través del paisaje, la llevó a la abstracción pura y, finalmente, a una explosión de formas y colores casi tribales.

¿Y qué decir del viaje que ha hecho el fotógrafo José Manuel Navia siguiendo los pasos de Miguel de Cervantes? Su exposición El deseo de vivir se presentó en la sede del Instituto Cervantes en Madrid y ahora está dando vueltas por el mundo. Navia afirma que sus fotos, para ser disfrutadas y comprendidas, necesitan no tanto de espectadores como de lectores. Realmente, las imágenes de esta serie cervantina (extraordinarias, muy sensibles a lo cotidiano) trascienden lo meramente plástico y nos cuentan un relato: el de la vida de nuestro primer escritor a través de los lugares que tan trabajosamente recorrió, tanto por nuestra península (con sus ventas manchegas reconvertidas en bares de carretera) como por el Mediterráneo (Argel, Italia, Grecia...). En Lepanto, Navia nos recuerda que allí se cruzaron los caminos de Homero y de Cervantes: el mismo mar donde éste luchaba contra el turco era el que recorrió Ulises (Ítaca está allí mismo, junto al lugar de la batalla).

Otro viaje, también literarios y no menos sangriento: ahora está de gira por España Hamlet, la tragedia shakespeariana que dirigió Miguel del Arco para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con un sensible Israel Elejalde en el papel protagonista. La versión de Del Arco está llena de belleza, no sólo dramática sino también plástica (¡qué hermosura de escenografía, qué acierto las imágenes diseñadas por Joan Rodón!). El tono de la obra va remansándose a partir de un comienzo onírico y de alto voltaje sexual y, salvo algunos excesos (sobre todo en relación con la locura de Ofelia), todo se va llenando de melancolía. Hamlet lleva representándose más de cuatro siglos: los espectadores, como si fuéramos dioses, sabemos lo que sucede, hacia dónde van a confluir los destinos de los personajes, cuál va a ser el terrible final. Y, pese a todo, Miguel del Arco (e Israel Elejalde) consiguen que veamos esta obra como si se representara por primera vez.

Ya no tengo espacio para describir la gran función del Benvenuto Cellini de Berlioz que se representó en el Liceo de Barcelona, ni para contarles qué libros y películas me han emocionado últimamente. No se preocupen, a partir de ahora iré detallando todo aquello que toque mi corazón y crea que merezca la pena ser compartido.
Nos vamos a divertir.