Siempre he pensado que la música era poderosa, que tenía capacidades para hacer de nuestras vidas algo mejor, para alegrarnos en momentos de tristeza, para inspirarnos cuando las musas están en huelga y para guiarnos cuando hemos perdido el rumbo. En mi caso así ha sido siempre, pero ahora, además de creerlo, lo he comprobado con mis propios ojos.

Estoy de viaje en Cuba y, como podéis suponer, estoy viendo de todo. De todo cuanto he leído y de todo cuanto he imaginado. Pero además de ver, estoy escuchando. Aquí hay pobreza y escasez, pero también hay alegría, baile y muchas sonrisas gratuitas de esas que te llenan por dentro.

Escucho las historias de la isla –lo que me cuentan sus gentes– y siempre lo hago con una especial banda sonora de fondo. Siempre hay música. Hay música por todas partes. Desde que me bajé del avión hasta cuando estoy en la playa. De paseo por La Habana Vieja entre sus casas semiderruidas y en el lobby de mi hotel. En todos los sitios hay música y con ella, casualmente, hay felicidad.

Aquí la música lo es todo. Es una vía de escape y también, por supuesto, un modo de vida. Es magia y medicina para el alma. Es curativa, pero nunca sustitutiva de la medicina tradicional. Lo de la música es otro tipo de cura. No se si serán sus canciones, sus ritmos caribeños o qué, pero de verdad, yo veo felicidad en las calles, en sus rostros y en sus miradas.

Así que yo, a partir de ahora, y después de haberlo comprobado in situ, voy a tomar cartas en el asunto: todos los días voy a despertarme con música. Todos los días voy a cantar y a bailar, todos los días voy a acostarme con música y a soñar con ella porque hoy sé, a ciencia cierta, que la música es poderosa y que creer es crear.