Me esperaban en la puerta de mi casa, con abrigo y gorro de lana. Están los días como para despistarse. Mi amiga es más previsora que yo. Servidor, en cambio, bajaba demasiado fresco. Serían las ganas. O la confusión. ¿Cómo explicarlo?

Hubo un tiempo en el que el amor, la pasión o el deseo –que las cosas, a veces, se mezclan demasiado porque andamos sin hoja de ruta- me llevó a un salón de tatuajes. Uno de los mejores. Yo quería en la piel el mismo signo ampersand. Algo bonito, una unión. No era el primer tatuaje que me hacía, ni será el último. Pero aquel “&” era fruto del ardor, del entusiasmo coral y del compromiso.  Sabe Dios y los Doce Apóstoles que cuando me despedí con dos besos de la tatuadora, amiga a la sazón, supe que acababa de cometer un error. Que los tatuajes duran más que el amor.  Pero como soy digno heredero de mi padre entré al bar de la esquina y me tomé dos cañas con banderillas. Ay, la genética.

De eso que les narro, sin entrar en demasiados detalles, han pasado varios años. Las razones dan igual. No hay dolor, no hay rencor, no hay bobadas sentimentaloides. Quería borrarlo, limpiar la zona y punto pelota. Nada Disney. Nada de novela rosa de Danielle Steel. Nada de drama de culebrón alemán de media tarde. Nanai. La memoria es el verdadero tatuaje: la de cosas que se acumulan entre frente y cogote que no quisiéramos llevar tintadas y… ahí siguen, pegadas con superglue y recuerdos. Esas no hay manera de borrarlas con luz laser ni con jugo de mora. Porque, entre ustedes y yo, una de las mayores mentiras que nos han contado es que las manchas de mora con otra mora se quitan.

Mi amiga y yo, cada uno con sus razones, nos dirigimos al centro de borrado. Y, como quien no quiere la cosa, mientras ella hablaba de sus hijos y de las lentejas que se había hecho para cenar, me imaginé una película de ciencia ficción. “Centro de borrado: su personalidad podrá ser cambiada, su ex eliminado, su familia cambiada, su coche convertido en nave espacial”. Todo eso y más, que la imaginación es poderosa y juguetona. Supongo que era el picor y el olor a pelo quemado lo que me hizo rayarme en la camilla. Se acabó. Hasta aquí. Un pequeñito escozor y listo. Sentía que la chica de las gafas ultravioleta escarbaba en mi pasado con su pistola y analizaba todos los detalles de aquella relación. Fantasías animadas de ayer y hoy.

Salimos tan contentos hablando de amor. De desamor. De rupturas. De sexo. De besos. De camas y de camillas.

Hoy mismo hago otro tipo de borrado. He cambiado de orden los muebles del salón y he puesto papel pintado en la pared donde nos besábamos. Asumo que la memoria es frágil, que estoy lleno de contradicciones, como muchos, como muchas, y si hace falta llevarse la contraria me la llevaré. De la misma manera que uno hace hueco en la cama, en la mesa y en el sofá, yo lo acabo de hacer también en mi piel.