Un proverbio árabe alerta: Basta un insecto para derribar un país. Ese insecto acaba de pasar por mi lado con todo su cariño. Y ha picado. Yo estaba sentado tomando café y el chavalito, mochila en ristre, se ha acercado para decirme que de mayor quiere ser como yo.

-¿Cómo?

-Que de mayor quiero ser como tú.

Te ves reflejado en el chaval que fuiste y en el que ya no eresOye, que no soy tan mayor, he respondido en plan colega mientras el chico se meaba de risa y de vergüenza. Es broma, le digo. Tampoco es para tanto, añado con melodrama fingido. Agradezco el piropo, de verdad. Lo agradezco mucho y se lo digo. Pero el desastre se veía venir. Ha añadido: te veía en televisión cuando era muy pequeño, con mi abuela.

Catástrofe. Explosión. Miseria emocional.

Oye, le digo: me matas en dos frases como los insectos del proverbio. ¿Qué proverbio?, responde.

En ese momento, entre risas, cara inflamada de roja y móvil en la mano para la foto, te entra ternura. Te ves reflejado en el chaval que fuiste y en el que ya no eres por mucho pantalón corto que te pongas en verano, calces náuticas y mucha crema que esparzas con asiduidad por tu cara cosecha del 71. La realidad debería estar prohibida, pero existe. Y te das de bruces con ella.

"¿Me puede decir la hora, señor?". El día que alguien te dice eso ya estás marcado a muerte como los toros de la ganadería. Ese día empieza la madurez a bofetones. Olvídate de aparentar o preguntar con ingenuidad a tus amigos cómo les trata la vida. La vida es así. Como el fútbol. Y te trata, como puede.

Mi madre dejó de mirarse al espejo porque es un mentiroso y no muestra el interiorMi madre siempre dice que dejó de mirarse al espejo porque el espejo es un mentiroso y no muestra el interior. Qué sabia, la tía. Un día no muy lejano alguien se levantará del autobús para que te sientes tú. Y ese día, ay, preferirás ir agarrado a la barra como un koala antes que sentarte.

Cuando el insecto joven de hoy me ha picado con su aguijón he dicho gracias. Porque a los piropos se responde agradecido y, sobre todo, porque tener veintidós es una fortuna. Para mí los quisiera. El chico no se ha dado cuenta, pero en ese momento en el que ha dicho al despedirse "te conservas bien", yo notaba cómo las bolsas de los ojos se me hinchaban en plan zodiac de salvamento, metía barriga como cuando se pliega un filete en la sartén y sonreía apretando empastes para salir bien a su lado. Todo a la vez.

De mayor quiero ser como tú y otras formas de finiquitar la autoestima tituladas: te conservas bien a tu edad. Haré un estudio.