El pasado 26 de mayo, el gigante de la fabricación de teléfonos móviles, la compañía china Foxconn, anunció la sustitución de 60.000 puestos de trabajo por cadenas de montaje robotizadas. Se trata de uno de los mayores procesos de automatización en una misma compañía, y su impacto social y mediático se ha multiplicado por el hecho de que Foxconn nace precisamente como firma de apoyo a la nueva economía. De hecho, dos de sus principales clientes, Apple y Samsung, son las firmas de teléfonos móviles que dominan ampliamente el mercado de los smartphones, base física de buena parte de las aplicaciones de la economía digital.

Mientras esta noticia se hacía eco en los medios nacionales e internacionales, se suceden los estudios y análisis que valoran el impacto que tendrá la revolución digital en el mundo del trabajo. Así, el Foro Económico Mundial estima una pérdida de siete millones de puestos de trabajo en los próximos años por causa de la automatización, mientras que la OCDE, mucho más pesimista, eleva esta cifra hasta el 12% de los trabajadores de sus estados miembros. Los avances en robótica, la computación cognitiva, la llamada 'industria 4.0', el Big Data, amenazan no sólo con sustituir no ya el trabajo manual poco cualificado, sino también buena parte del trabajo intelectual. En 2013, un estudio publicado por la universidad de Oxford, estimó que profesiones con un alto nivel de intensidad intelectual, tales como auditores o contables, tenían un 94% de probabilidad de desaparecer debido a los avances digitales en las próximas décadas.

¿Qué hay de cierto en estas previsiones? Es difícil saberlo. La historia de los avances tecnológicos nos muestra que cada avance productivo destruye puestos de trabajo: los telares de vapor sustituyeron a una cantidad ingente de mano de obra Al tiempo que destruye puestos de trabajo, la tecnología es capaz de generar nuevos empleos situada en pequeños talleres domésticos. Pero al tiempo que destruye puestos de trabajo, la tecnología es capaz de generar nuevos empleos y nuevas oportunidades. Los robots nos quitarán los empleos pero descubriremos otras ocupaciones sobre las oportunidades que la propia transformación tecnológica abre a la economía.

El problema que debería preocuparnos no es tanto la existencia de nuevos puestos de trabajo, como el proceso de transición que se abre. Sean como sean, los nuevos puestos de trabajo requieren de unas competencias personales y profesionales muy diferentes a las requeridas hace apenas unos años. El Foro Económico Mundial señala que mientras las habilidades relacionadas con tareas rutinarias -sean manuales o intelectuales- pierden peso como factor de empleabilidad, nuevas competencias como la capacidad de resolver problemas, la creatividad o el pensamiento crítico son consideradas habilidades clave para interactuar en la nueva economía. Estas habilidades complejas no se adquieren Es muy difícil aprender a ser creativo trabajando en entornos con rutinas establecidas fácilmente ya que se construyen en nuestra formación más temprana: es muy difícil aprender a ser creativo tras años trabajando en entornos con rutinas establecidas. Raya la utopía pensar que trabajadores de servicios que han estado décadas desarrollando su carrera profesional en contextos con un alto componente de trabajo rutinario van a aprender en poco tiempo a tener capacidades de resolución de problemas complejos en entornos altamente digitalizados.

Cuando los economistas insisten en la necesidad de invertir en capital humano y la formación de una nueva generación de trabajadores, tienen razón. Sólo la formación será capaz de ofrecer herramientas para enfrentarse a los nuevos retos y oportunidades. Pero no es responsable pensar que con eso bastará. Hay una generación que tendrá una adaptación muy difícil, si no imposible. Una sociedad responsable y cohesionada debería tenerlo en cuenta desde ahora mismo y actuar en consecuencia, fortaleciendo la protección social lo suficiente para que nadie quede atrás en el camino.