El cliché que sustenta la presunta eficacia de Alemania es que todo ha de hacerse tal como está prescrito und keine Ausnahmen, sin excepciones. Los protocolos, acaso una atávica herencia luterana reforzada por la severidad prusiana o bávara, no admiten el escamoteo: si solicita usted un teléfono, tardarán una media de mes y medio en darle acceso a la línea. Luego deberá esperar otro tanto para obtener servicio de una operadora. La demora no es digna del país que pasa por ser la locomotora de Europa y que, sin embargo, padece una tecnofobia profunda: puede comprobarlo si intenta usted la misión casi imposible de pagar durante las vacaciones con tarjeta de crédito o débito.

"Los alemanes son malos, muy malos", acaba de afirmar, con franqueza de botarate, Donald Trump. Cuando hace tres años llegué a Berlín ni siquiera leyendo a Kant sospechaba que yo llegaría a pensar lo mismo. No seré el último ni soy el primero: tras el nazismo, un think tank aliado propuso, con absoluta seriedad, que la única solución para esta tierra de beligerante soberbia sería transformarla en una granja agropecuaria de dimensiones hipertróficas. La solución es algo orwelliana, pero todo Occidente tendría lácteos y pan manufacturados con una técnica keine Ausnahmen.

Soportar la vida en Alemania sobre el terreno desvela que los variados adjetivos que el país usa para vender en el exterior una imagen de maquinaria de precisión son más publicitarios que reales. Los términos aplicados una vez y otra a las superempresas de ingeniería para explicar el milagro alemán –Gründlichkeit, Effizienz, Fähigkeit, Leistungsfähigkeit: minuciosidad, eficiencia, capacidad, rendimiento–, se han venido derrumbando con estrépito hasta el fracaso, entre ellos los recientes fraudes en los sistemas de emisión de contaminantes de los automóviles de Volkswagen, BMW y otras marcas que son amadas como novias mecánicas de la nación.

La demora no es digna del país que pasa por ser la locomotora  de Europa

Pero el mayor fiasco, digno de show cómico, es el Aeropuerto Berlín Brandeburgo, una enorme obra pública de primaria necesidad –los dos aeródromos de la capital son dignos de una ciudad de provincia– que comenzó a planearse hace 26 años y a construirse hace 15, y que nadie sabe todavía cuándo será inaugurado: se habla de 2019 tras siete aperturas abortadas (una de ellas, en 2012, con 10.000 invitaciones cursadas, la cinta roja extendida y tiques de embarque emitidos), escándalos financieros –el sobrecoste ronda los 5.000 millones, cuando el presupuesto inicial era de 2.000–, una operación de tráfico de influencias, recalificación alegal de parte de las 1.400 hectáreas de suelo ocupado, la dimisión de un alcalde, el rumor de una estafa culminada con el asesinato por envenenamiento de un alto cargo, las dudas de la fundación que tramita el legado de Willy Brandt de bautizar las instalaciones con el nombre del héroe nacional y el hallazgo, tras una auditoría técnica, de 66.500 fallos, entre ellos seis mil considerados como críticos: sistemas antiincendio y de extracción de humos ineficaces, sobrepeso de la cubierta del edificio, software de comunicaciones con propensión al cuelgue, escasos mostradores de facturación, solo dos salidas de emergencia, 90 kilómetros de cableado en mal estado, cuatro mil puertas con señalización equívoca...

Con la terminal de 360.000 metros cuadrados totalmente construida pero inoperativa, 150 tiendas y establecimientos de hostelería en quiebra, plantillas laborales despedidas y la línea de metro construida exprofeso para el aeropuerto circulando con el conductor como único ocupante para evitar la oxidación y enmohecimiento, el aeródromo, considerado primero un asunto de Estado y ahora un bochorno nacional, es alquilado para eventos y visitas guiadas de grupos de turistas.

En la penúltima temporada, que se desarrolla en Alemania, de la teleserie Homeland, los productores introducen en la acción una evacuación por amenaza de atentado en el aeropuerto, presentado falsamente como en perfecto funcionamiento. A cambio de la ficción, la productora Showtime recibió un millón de euros de la ciudad de Berlín, que aparece retratada con especial cuidado, sin restos de la situación de colapso que padece: está en bancarrota, con un déficit de 60.000 millones; es la única capital europea que no aporta ni un céntimo de riqueza al PIB nacional, y padece una grave crisis de servicios públicos básicos, pero tiene, eso sí, un bonito decorado aeroportuario para bodas de alto nivel y acción televisiva.