iPhone X: qué guapos son los verdugos

JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ. ESCRITOROPINIÓN
José Ángel González, escritor y periodista.
José Ángel González, escritor y periodista.
JORGE PARÍS

Además de contaminar socialmente una de las áreas de mayor diversidad psicogeográfica del mundo, la bahía californiana de San Francisco, superpoblando la zona con pueriles programadores que, como cualquier empleado, son encargados del mantenimiento de los desagües del hipercapitalismo, y expulsando a los pobladores anteriores con los siempre invencibles filos mortales de los billetes recién impresos, la empresa Apple organiza cada tanto uno de esos ceremoniales de prosopopeya sectaria para presentar un teléfono.

Venerando al becerro de oro —los beneficios declarados de la corporación se alzaron en 2016 a 39.500 millones de dólares tras impuestos, que a la empresa, por cierto, le parecen una tara medieval a cuyo sometimiento no están obligados los guapos—, los media transmiten en directo el espectáculo comercial con la misma urgencia que un atentando, un derby deportivo o, en ciertas repúblicas, la santa misa. Algunas web generalistas asientan el asunto en la pole position de la home durante horas.

El escritor Juan José Millás, que acaso sin avisar se ha reciclado en cachivachero, dedica una columna de opinión de medio millar de palabras al nuevo iPhone X, aparato al que llama 'producto de consumo reciclado en mística' a pesar de que el mismo diario anuncia, unas horas después y en un análisis menos calentorro, que el aparato copia 'innovaciones tecnológicas ya estrenadas por los fabricantes de Android', el sistema operativo de Google. La similitud del nombre del smartphone con la genealogía de los papados católicos —aunque sus fabricantes, que quizá recordaron al revolucionario negro e islámico Malcolm X demasiado tarde, insisten en que se debe leer, sin contagio apostólico—latino, iPhone 10— lleva a Millás a una conclusión que, no lo puedo evitar, me suena a choteo por lo desmesurado de la narratología: el aparato, dice el novelista, es "un objeto dualista en el sentido platónico del término, pues está dotado de alma y cuerpo".

Residía en San Francisco el día de la muerte de Steve Jobs. El diario de la ciudad, el Chronicle, al que casi todos llaman Chron para convertir el nombre en sinónimo de dolencia incurable y crónica, usó caja tipográfica de récord para titular, con mayor pánico que la inminencia de un ataque de Godzilla: "¿Y ahora qué?". Daba la impresión de señalar una orfandad colectiva, como si nos quedásemos sin el único profeta legítimo. Las esperas de los toxicómanos marquistas de Apple que pagarán hasta más de mil euros por tener el nuevo modelo apuntan a la prevalencia postmortuoria de Jobs.

Todos los aparatos de Apple me han parecido siempre dignos abanderados de la época narcisista que atravesamos. El blanco barniz vaticano con el que envuelven su imagen y productos es ejemplarizante para entender el fanatismo evangélico de una empresa que aplica el sobrecoste, explota miserablemente a los empleados filiales —entre ellos, como tuvieron que admitir, niños chinos—, se escaquea de pagar tributos gracias a triquiñuelas y paraísos fiscales y, pese a todo, es la mejor firma de marketing de la historia. Eso no es posible negarlo: Apple es cool. Como siempre, los verdugos son guapos.

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