No es una errata ni un error. Les felicito 1998 porque entramos en 2018 retrocediendo. Temo que no se trate de un retroceso de dos décadas, sino mayor, pero no he querido traicionar del todo mi optimismo. Estamos bloqueados como país, lo cual en sí mismo podría no ser terrible. En las encrucijadas uno se detiene: lo sensato es pararse a pensar. Por eso, un segundo antes de encontrar el camino por el que tirar, solo se percibe caos y parálisis. Si estuviéramos bloqueados pensando cómo solucionar el problema de eso que llaman gig economy (tradúzcase: ‘nuevas formas de precariado y desigualdad’); si estuviéramos dándole vueltas a cómo vamos a afrontar la escasez de un bien preciado como el agua; si nos paralizaran las dudas sobre cómo acertar con una reforma educativa que prepare a los técnicos y los humanistas que necesitamos para la revolución robótica; si nos halláramos deliberando sobre los problemas éticos y jurídicos que suscita la inteligencia artificial…

Sin embargo, no estamos parados movilizando energías para dar el siguiente paso. Estamos detenidos porque padecemos un Gobierno sin pulso, en muerte cerebral. Carece de iniciativa política (más allá de aspavientos sin credibilidad), solo reacciona a la fuerza destructiva del ultranacionalismo y lo utiliza como excusa. El presidente Rajoy disfruta del estado que más le gusta: los servicios mínimos. Pero cuando uno se para mientras todo el mundo se mueve, no se queda en el mismo sitio: retrocede.

Hace dos años millones de personas sentían ilusión por el cambio, y hoy estamos embrollados en una disyuntiva vieja, de banderas y pelmazos que nos empequeñecen el alma y nos oprimen el corazón. Pero cometeríamos un error si pensáramos que somos así de pequeños: la historia demuestra lo contrario. Los países, como los individuos, llegan a ser aquello a lo que prestan atención. En 1975, pusimos la mirada en las democracias europeas a las que queríamos parecernos. Después dirigimos la vista hacia la Europa a la que queríamos pertenecer y en 1986 logramos ingresar en la Comunidad Europea. En los años 90 posamos nuestros ojos en los criterios de Maastricht que nos homologarían económicamente para formar parte del euro. Lo volvimos a lograr, y con ello contribuimos a engrandecer las fronteras físicas, monetarias y políticas de Europa.

Nos parecemos tanto a Europa que ya no podemos emularla, sino construirla

No es que hayamos sido capaces de grandes logros, es que alcanzábamos uno cada diez años. Es obvio que España da lo mejor de sí cuando mira a Europa. Pero nos parecemos ya tanto a ella, que no podemos emularla, sino construirla. Es un buen momento para hacerlo: nos esperan y ya tenemos práctica. Vayamos. Y que este 98 que se avecina se convierta en un feliz 2018.