Carta a la 'senyera'

IRENE LOZANO. ESCRITORA Y DIRECTORA DE THE THINKING CAMPUS
Periodista, escritora y política.
Periodista, escritora y política.
JORGE PARÍS

A todo esto, la senyera sigue tirada en el suelo desde el 7 de septiembre. En aquellos dos días aciagos en que Puigdemont liquidó el Estatut y la Constitución, y con ellos las instituciones de autogobierno catalanas, la arrojó para enarbolar de facto la estelada. De hecho, abolir la Constitución equivale a triturar la única enseña catalana allí reconocida y que, como tal, es también una bandera española. En las calles ya apenas se ven senyeras —diría que apenas se ven personas—, sino banderas con la estrella independentista.

La senyera resulta amenazadora para la independencia, porque encarna la reivindicación de las instituciones autonómicas, pero lo que la hace más peligrosa para los independentistas es el hecho de que concita la adhesión emocional de una abrumadora mayoría de la sociedad. Como todos los símbolos nacionales apela a los sentimientos con la rapidez de una flecha.

La velocidad es importante. Daniel Kahneman define las dos formas en que razonamos a través de ella. Una parte de nuestro cerebro piensa despacio, razona, sopesa, mide, elucubra. La otra piensa deprisa, y constituye nuestro lado más susceptible a dejarse llevar por las percepciones, las intuiciones y las emociones. Comprender la forma en que trabaja nuestra mente ayuda a entender por qué en todo este conflicto ha sido imposible contrarrestar las premisas del independentismo: están tan teñidas de emocionalidad que a su lado palidecen los esfuerzos de racionalidad realizados con más urgencia que eficacia.

El valor emocional de la bandera autonómica catalana es evidente, pero además los días 6 y 7 de septiembre se convirtió en símbolo de la legalidad, del Estatut, de la Constitución, de las autonomías, del Estado de derecho y de la democracia. Casi nada. Es la única que logra concitar la razón y la emoción, que apela a nuestro pensar deprisa y a nuestro pensar despacio al mismo tiempo. En ella se pueden encontrar la mayoría de los catalanes y estos, a su vez, con el resto de los españoles. Se trata también de la bandera que con más precisión refleja la realidad. Los independentistas están cómodos en una falsa narrativa de rojigualdas contra esteladas. La realidad es bien distinta: se está enfrentando a media Cataluña contra la otra media, por más que el matonismo retórico de los rufianes trabaje a toda máquina para acallar a los discrepantes.

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