Te felicito por tu reciente boda, Miriam Blasco: el deporte español está muy necesitado de hombres y mujeres homosexuales que salgan del armario. Te imagino valiente, pues te has plantado en mil tatamis frente a mujeres poderosas y entrenadas en artes marciales, dispuesta a derribar o ser derribada. En Barcelona 92 saliste a ganar la final de judo y derrotaste a Nicola Fairbrother, británica para más señas. Tú te llevaste el oro y ella, la plata. Lo que no sabía nadie es que, entre llave y llave, surgió el amor. Empezasteis las dos de blanco y acabasteis en el altar.

Que teman más perjuicios si declaran su homosexualidad que si defraudan a Hacienda dice mucho de nuestros valores

Fue el primer oro olímpico en la historia de nuestro país. Hace 25 años y tú pesabas 56 kilos. Ahora todos pesamos mucho más, nos hemos dado cuenta estos días al recordarlo. Éramos leves y guapos ante el mundo, nuestros sueños de modernidad refulgían como tu medalla, y parecía que ya nunca más íbamos a ser un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles, que diría Gil de Biedma. Casi ha dolido evocarlo en pasado ahora que las podridas tramas oscuras se conjugan en presunto.

Se le presupone al deportista el valor, como a los políticos la decencia. Pero el verdadero arrojo hubiera consistido en salir del armario antes de salir del tatami. Sin embargo, no ocurrió. De nuevo tuviste otra oportunidad, siendo senadora del PP, pero quizá salir del armario te hubiera costado salir del escaño. Vencer ese ‘quizá’ es lo que se llama correr riesgos. No estabas dispuesta y votaste contra el matrimonio homosexual en el Senado para casarte con tu amada años después. Son este tipo de cosas las que nos van echando kilos encima, y ahora nos salen de los armarios hasta fajos de billetes de quinientos euros, pero no deportistas en activo.

Afirman las crónicas que ahora regentas un gimnasio, y me figuro que tu homosexualidad ya no pone en riesgo tu negocio. Ningún colega te reprochará nada. Tenemos a los futbolistas más estratosféricos del planeta, y todos son heteros. Parecen iraníes. He consultado a un amigo estadístico y me asegura que es imposible, por mero cálculo de probabilidades. Que teman más perjuicios a su reputación si declaran su homosexualidad que si defraudan a Hacienda dice mucho de nuestros valores. Porque admiramos a aquellos a quienes nos gustaría parecernos y porque sólo hay algo más difícil que vivir como se piensa: vivir como se siente