Así es como suele decirse la frase, con el tono de quien sabe mucho de la vida: “En tiempos de turbación (o tribulación), no hacer mudanza”. Uno puede decir eso, y lo que le viniere en gana, pero no imputarlo a Íñigo López de Loyola (o de Recalde, según fuentes). O sea, a san Ignacio.

Lo que dijo el fundador de la Compañía solo se aplica a la fe en Dios del cristiano Lo que dijo el fundador de la Compañía no es una advertencia general: solo se aplica a la fe en Dios del cristiano. El primer jesuita prescribió: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. Se dirá que no hay gran diferencia entre desolación, tribulación y turbación, lo cual es muy verdad. La objeción es que, para entenderlo bien, conviene leer un texto entero, cosa rara en citadores profesionales. ‘Desolación’ no tiene aquí el sentido usual, sino otro, preciso e intencionado, que se opone a ‘consolación’. Ignacio opone tiempos desolados a tiempos consolados.

“Llamo consolación –dice el vasco– cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la qual viene a inflamarse en amor de su  Criador y  Señor, y consequenter  cuando [a] ninguna cosa criada sobre la haz de la tierra puede amar en sí,  sino en el Criador de todas (…)”. La consolación puede ser emocionante, “cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, agora sea por el dolor de sus peccados, o de la  pasión de  Cristo, o de  otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza; finalmente, llamo consolación  todo aumento de esperanza, fe y caridad y toda leticia interna que llama y atrae a las cosas  celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor”. O sea, que el alma consolada es la que arde en amor a Dios y todo lo ama en Dios y refiere a Dios cuanto hace. Lo cual, asegura el santo, genera gran quietud y paz.

Desolación es lo opuesto: “Llamo desolación todo el contrario; así como escuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y  terrenas, inquietud de agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador. Los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la  desolación (…)”.

Los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los que salen de la desolación Y viene a decir: si ardiste en amor divino y ya no te abrasas en él, no tomes ahora decisiones y recuerda cómo te sentías cuando estabas consolado en Dios: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y  constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación”. Así es que de eso trata.