Puigdemont está loco. Que esto lo dijera yo, que vengo cuestionando la estabilidad mental del expresident desde hace meses, no tendría especial relevancia. Pero si quienes lo dicen son destacadas figuras de su propia formación, es cosa mayor. Y lo cierto es que lo dicen, no públicamente, porque para eso se necesita un cuajo político del que a todas luces carecen, pero sí con la suficiente indiscreción para que los periodistas lo escuchemos.

Hay un amplio sector de los exconvergentes al que escandalizan el mesianismo personalista del político fugado y los delirios y excentricidades a que los somete. En verdad no saben qué hacer, tragan carros y carretas porque llegaron demasiado lejos en la defensa del personaje y sus propuestas. Y entiendo que no debe ser fácil tirar de la manta y enfrentarse abiertamente al autoritarismo que les imponen desde la capital belga. Y porque además se han visto obligados a defender absurdos en los que no creían, como el de reclamar la investidura telemática, y una vez que se insulta de manera tan flagrante a la inteligencia da igual ocho que ochenta, y la única salida personal que ven es la huida hacia adelante. 

La impresión general en todo el bloque soberanista es que Carles Puigdemont es un político mediocre al que han dejado crecer demasiado y se les ha ido de las manos. El primero que así lo percibe es el principal responsable de que un personaje de tan escasa talla haya llegado tan lejos. Artur Mas terminó abandonando la presidencia del PDeCAT con críticas veladas a su sucesor, con el que acabó tarifando. En su última comparecencia ante la prensa dijo, tras calificar de acierto exitoso la lista del president, que primero es el país, luego el partido y finalmente la persona. Está claro el recado.

Si esto sucede entre los exconvergentes, que al fin y al cabo han visto cómo la jugada electoral de Puigdemont les permitía recuperar la primera posición dentro del soberanismo, podemos imaginar lo que se están mordiendo la lengua en ERC. Su líder, Oriol Junqueras, lleva dos meses y medio en la prisión de Estremera aguantando cómo el huido pretende imponer directrices y estrategias desde la confortable Bruselas. Que la cena que mantuvieron allí Puigdemont y Marta Rovira no ofreciera otro fruto que un pírrico acuerdo para poner en marcha el nuevo Parlament da idea de hasta qué punto están enfrentadas ambas formaciones.

Aún mas claro lo dejó la fallida estrategia judicial de Junqueras reclamando al Supremo que le permitiera asistir a la constitución de la Cámara. En ella argumentó que su presencia era insustituible, lo que entra de lleno en colisión con las telemáticas pretensiones de Puigdemont. Si a eso sumamos las rotundas renuncias a la unilateralidad de los Jordis y el exconseller de Interior Joaquin Forn, apreciaremos que el cuadro de soledad del candidato exconvergente es cada día mas nítido. Él todavía puede amenazar a ERC con forzar unas nuevas elecciones, aunque los más avispados de su entorno creen que la mejor de sus alternativas sería permitir un gobierno técnico con personas de su confianza que se dejen dirigir desde Bruselas con un legitimismo supuesto, como un nuevo Tarradellas. Una opción demasiado ilusa. No solo las circunstancias eran muy distintas. También la autoridad moral y la talla política de Tarradellas era muy otra. Además, él no estaba loco.