No tenía en mente repetir el tema de la pasada semana, la movilización del 8-M por los derechos de las mujeres, pero me lo han puesto fácil y no he podido resistir la tentación y, además, a dos días de la celebración, no voy a desperdiciar la oportunidad de intentar evitar que alguno se vaya de rositas. Creí que a estas alturas de la película no haría falta insistir, pero, ¡caramba!, las cosas que una tiene que oír de boca de algunos hombres, a los que suponía un pensamiento más avanzado…

Sábado pasado en una comida de amigos. El tema no podía ser otro que el 8-M, y ahí estábamos hablando y también discutiendo sobre lo que para ellos significa ser feminista. Matiz arriba, matiz abajo –tenemos que ser comprensivas si queremos ganarlos para la causa– la cosa iba bien, si me olvido de las típicas manifestaciones que nunca faltan del tipo "yo soy feminista, pero que no me hablen de las radicales" o "yo no soy feminista porque odio a las ultrafeministas". Esas menudencias que los distraen de lo importante. Bien, pelillos a la mar, parecía que en lo fundamental estábamos de acuerdo: lucha por la igualdad real entre hombres y mujeres, eliminación de la brecha salarial, a igual trabajo igual salario, compartir (que no ayudar en) los trabajos y cuidados de los hijos y dentro de casa, igual presencia de mujeres en los cargos de dirección, en los puestos de responsabilidad…

Todo iba bien hasta que mi amigo Javier suelta aquello de que en la empresa en la que trabaja como director de personal hay dos mujeres que están de baja maternal y que, claro, las pequeñas empresas no pueden permitirse esos ‘lujos’ porque pueden irse al traste. Que en esas circunstancias, lógicamente, él, antes que a una mujer, prefiere contratar a un hombre. Ojiplática me quedo, porque cinco minutos antes estaba de acuerdo en rechazar cosas tales como que a las mujeres se nos pregunte, antes de hacernos un contrato, si pensamos o no tener hijos (a muchas nos ha pasado) o que nos cambien de puesto y nos pongan todo tipo de dificultades. En fin, esas triquiñuelas que aplican muchas empresas contra las embarazadas. Está claro que él funcionaba con una mentalidad más de dueño de la empresa que de trabajador, porque no me podía creer lo que estaba oyendo.

A mi amigo no se le ocurre pensar que el problema no lo causan las mujeres que se quedan embarazadas, sino la falta de una legislación apropiada, de ayudas a las empresas para estas situaciones, la necesidad de repartir de manera equitativa los periodos de baja por maternidad entre padres y madres, la obligación de instalar guarderías en las empresas... No, la primera idea que se le viene a la cabeza es que es mejor contratar a un hombre y evitarse líos con mujeres a las que se les puede ocurrir esa cosa tan molesta de ser madres. ¡Tela! ¡Para que luego digan que no hace falta el feminismo!