Nada más rápido que un instante. Aristóteles sospechaba que si la luz tuviese una velocidad finita, esta sería inmensa. Otros filósofos clásicos la consideraban infinita, pues en cuanto abrimos los ojos ya la vemos. Desde el siglo XVIII sabemos que nada hay más rápido. 300.000 kilómetros por segundo. En ese tiempo llega un fotón de la Tierra a la Luna, de la que nos separan 384.000 kilómetros. La luz de Sol tarda ocho minutos en tocar tu retina. 4,22 años la de la segunda estrella más cercana, Próxima Centauri. Y 2,5 millones de años la de Andrómeda, la galaxia más próxima. Por eso todas las estrellas que vemos entre sobrecogidos y admirados son luces del pasado remoto. Muchas es posible que ya no existan.

Irene Chicote era una viejecita adorable de Palacios de la Sierra (Burgos). Cuando la entrevisté para un estudio etnográfico tenía 94 años y un pícaro sentido del humor tan alegre como sus ojos. Ojos que, me advirtió, había que cuidar de no contar estrellas, pues si lo hacías te salían verrugas. Muchos lo han hecho a pesar de la advertencia supersticiosa. Son un máximo de 2.500 a simple vista (apenas unas decenas si las miramos desde nuestras demasiado iluminadas ciudades), una nadería teniendo en cuenta que solo en esta galaxia, la Vía Láctea, hay más de 200.000 millones de estrellas. Su titilar, el parpadeo estelar, es un guiño que nos hace el firmamento a nosotros, insignificantes seres pensantes.

No hay noche en que no las mire fascinado. Busco las Pléyades, esas famosas ‘siete cabritillas’ que Don Quijote y Sancho Panza disfrutaron de cerca a lomos de su legendario corcel Clavileño. La vista apenas me da para distinguir seis, aunque ya sé que en realidad es un joven cúmulo estelar (joven, 100 millones de años) y cercano (443 años luz) compuesto por un millar de estrellas azules nacidas a la vez de una misma nebulosa. La séptima, justo la que no distingo, es Mérope, que brilla débilmente pues está avergonzada de no haber aceptado a los dioses, como sí hicieron sus hermanas, y haber mantenido sexo con un mortal, Sísifo, el eternamente castigado a rodar una piedra cuesta arriba. Muy cerca está el cazador Orión, con su arco tenso, espada al cinto (las tres Marías) y dos perros como ayudantes, el Can Mayor y el Can Menor. Perseguía a las siete doncellas en la Tierra. Y cuando, para salvarlas, Zeus las convirtió en palomas y llevó al firmamento, las siguió obsesionado por el cielo. Hasta allá arriba hay acoso.

Estas historias tienen miles de años. Sin duda nuestros antepasados neandertales fueron los primeros en imaginarlas y en contárselas a sus hijos y nietos en noches en que, como me pasa a mí cuando se las cuento ahora a mis hijos, siempre acabamos con un silencio incómodo, extraño. ¿Cómo podemos creernos algo cuando somos tan nada? Hasta que en 1968 el astronauta Bill Anders no hiciera desde la Luna la primera fotografía en color del planeta Tierra no teníamos ni idea de nuestra insignificancia. El remate final de realidad nos lo dio el telescopio espacial Hubble cuando, en 1995, fotografió una pequeña zona aparentemente oscura cercana a la Osa Mayor, el famoso carro estelar. La imagen de ese espacio profundo es un sobrecogedor barullo de galaxias, más de 3.000. ¿Habrá vida, seres pensantes, bichos y demás parientes en alguno de esos tropecientos miles de millones de planetas esturreados por un universo que desde hace 13.800 millones de años se expande por el infinito a una velocidad estratosférica y cada vez más rápida?

Me rindo. Saco la lupa y opto por mirarme el ombligo, pero voy a peor. Solo ahí, en ese agujero que nos recuerda lo efímero de la vida, el mundo microscópico es igual de incontable. Además de células, nuestro cuerpo es un complejo ecosistema donde conviven 48 billones de bacterias, 60 billones de virus, varios miles de millones de hongos y millones de ácaros. Infinito arriba, infinito abajo. ¿Qué demonios hacemos mirando tanto el reloj?