Oler es conocer por narices

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios, en la redacción de 20minutos.
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios, en la redacción de 20minutos.
JORGE PARÍS

Tengo un amigo que asegura no tener olfato. De hecho, se le ha quemado más de una vez la comida sin que el mal olor le delatara el desastre. Como también afirma no tener un paladar muy fino, se lo come todo sin complejos (él solo, nadie acepta sus invitaciones), pero el suyo es un caso raro de anosmia que afecta a menos del 5% de la población. Lo normal es que los seres humanos, como cualquier otro mamífero, tengamos un olfato excelente. Semejante incluso al de los perros para algunos olores, a pesar de que desde el siglo XIX haya prosperado la idea de que el aumento de la inteligencia en nuestra especie tuvo como contrapartida la pérdida de capacidades más animales como la nariz de sabueso. Suponíamos que éramos capaces de distinguir hasta 10.000 olores diferentes, pero últimos estudios elevan el número a la estratosférica cifra de un billón de olores. Otra cosa es que los podamos recordar todos.

Los olores nos evocan emociones. La magdalena de Proust es el ejemplo clásico de memoria olfativa, pero todos tenemos olorosos recuerdos de niñez imborrables y que, seguramente, nunca volveremos a oler. Como el de nuestra abuela, el abrigo de nuestro padre o el aroma embriagador y desconcertante de aquella novia infantil.

Nuestro primer cerebro evolutivo fue, a decir de los científicos, poco más que olfativo. A fin de cuentas, un extraordinario sensor químico, pues eso son los olores. Todos los seres vivos tienen a su manera olfato, incluidos peces e insectos. Algunos machos de mariposa son capaces de detectar el olor de las hembras a decenas de kilómetros. Con las aves resulta aún más sorprendente. ¿Huelen los pájaros? Antiguamente se pensaba que los buitres tenían un olfato tan potente que eran capaces de localizar desde muy lejos el hedor de la carroña gracias tan solo a su pestazo. Hoy sabemos que lo que tienen es muy buena vista, suficiente como para distinguir desde las alturas las agrupaciones de córvidos en torno a los cadáveres; son las cornejas y urracas las que les señalan la pitanza, y no la pestilencia.

No todas las aves tienen la misma nariz, perdón, pico. El kiwi, por ejemplo, se lleva la palma. Ese pájaro regordete incapaz de volar, símbolo natural de Nueva Zelanda, atesora entre otras extrañas virtudes la de presentar fosas nasales en la punta de su largo y delgado pico en lugar de en la base como el resto de la pajarería. E incluso cuenta con verdaderos bigotes, que a semejanza de los de los gatos funcionan como eficaces órganos olfativos. Con tales herramientas es capaz de capturar de noche las lombrices de su dieta, que huele de lejos.

Los paíños europeos, pequeñas gaviotas del tamaño de un gorrión, resultan también increíbles. Se reconocen individualmente por el olor de su cuerpo y usan el olfato tanto para localizar en la oscuridad la grieta del acantilado donde tienen el nido como para identificar a su pollo. Si les tapas las narinas, pasan al lado de la cría sin dedicarle ni una mirada.

Cada uno de nosotros también tiene un olor muy especial. No hace falta sufrirlo en el metro atestado de gente sudorosa. Lo notas siempre que entras en casa ajena. Huele diferente, exclusivo para cada familia, peculiar. Con los ojos cerrados serías capaz de saber en la vivienda de quién estás. Y mucho más. Oler es conocer. Sin necesidad de tener una nariz de oro, comprobamos cómo seguimos siendo lo que fuimos, grandes olfateadores de bálsamos, esencias, efluvios e incluso peligros. Dicen que los perros huelen el miedo, pero cuando algo huele a chamusquina también se nos disparan todas las alarmas.

Últimamente estamos perdiendo tan importante sentido por culpa de los excesos de perfumes y ambientadores, cuando lo verdaderamente maravilloso son las fragancias de cada uno de nosotros. Palabras de tu piel, que decía Neruda. Volvamos a ellas. Regresemos al mundo natural de los sentidos. Buscando, conociendo, la raza de nuestro aroma.

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