Esta Semana Santa muchos españoles se han ido al desolado ártico lapón o al inmenso Sáhara en busca de paisajes extremos, pero para desolación se podrían haber quedado en España. Con una densidad inferior a un habitante por kilómetro cuadrado, la mitad que en Laponia, los pueblos turolenses de los Montes Universales son la Zona Cero de la despoblación de la Unión Europea. Para ellos, solo para ellos, se acaba de acuñar un terrible nuevo palabro: demotanasia. Muerte demográfica.

En los 41 municipios de esa hermosa comarca situados a una cota superior a 1.300 metros de altitud el índice de envejecimiento alcanza el 467,71%, una barbaridad frente al 141,80% de la región finlandesa de Laponia. ¿Hay más futuro en el Polo Norte que en Teruel? Las estadísticas parecen corroborarlo.

Lo de que estas montañas se llamen precisamente universales suena a sarcasmo. Imagina Sergio del Molina en su famoso ensayo La España vacía (Turner, 2016) que dicha toponimia revela "un ansia de salir del escondite y exhibirse al mundo entero".

Suena bello pero no es cierto. En origen significaba justamente lo contrario, entregarse a sí misma, a los afortunados habitantes de un comunal territorio ganadero exclusivo de los pueblos de la comunidad de Albarracín al que todos querían entonces pertenecer. Su universalidad era por tanto sinónimo de envidiable pero restringida comunidad. Eso ya en el siglo XIV, cuando sus bien criados ganados trashumaban, cañada real arriba, cañada real abajo, desde los pastos de Teruel hasta los lejanos de Sierra Morena.

A mediados del siglo pasado, la industrialización precipitada de España en ese renacer patrio del imaginario franquista no dio otra opción a tantos campesinos empobrecidos que huir a toda prisa hacia las principales ciudades del país. La tremenda migración dejó en muy pocos años vacíos los campos. Ser de pueblo pasó de expresión de orgullo a sinónimo de retraso. Con el cambio de milenio, la globalización ha terminado por dar la puntilla a esas tierras extremas. El mundo se ha hecho profundamente urbano. Y el campo es apenas un vacío escenario para paseos de fin de semana con algún que otro restaurante low cost.

España, tan amiga del todo o nada, es el país de Europa, quizá del mundo, donde más bruscamente se pasa de la superpoblación al puro desierto. Y donde menos se valora lo rural.

Me lo señala extrañado Vicent Yvon, un francés que vive en un pueblecito del norte de Francia rayando ya con la frontera alemana. Pocas personas habrá tan orgullosas como él de su origen campesino, y pocas que le sepan sacar tanta rentabilidad en forma de quesos, vinos y miel. Sus clientes, asegura, le tratan siempre con un respeto cercano a la envidia por sus cuatro hectáreas de terreno y casa de piedra. Se sabe depositario de una cultura centenaria, de un paisaje que mima hasta los últimos detalles, y no entiende nuestro desprecio por un mundo agroganadero que tantos y tan buenos beneficios económicos le reportan a él.

No entiende que nuestros jóvenes no se queden en los pueblos, como han hecho sus hijos. Y no entiende, en definitiva, que haya más futuro para ellos en las ciudades. Bueno, al final lo ha comprendido. Hemos viajado juntos y viendo el desprecio generalizado por el terruño español, ese terroir del que hacen gala los galos como seña de identidad más querida y nosotros medio ignoramos, medio destrozamos, ha acabado por entender el éxodo.

Si tus compatriotas no valoran tu trabajo, se niegan a pagar un precio justo por los productos, te respetan y admiran, es normal que como hizo mi padre, un buen día cierres la puerta de tu casa en el pueblo y te dirijas a esa ciudad donde hay tanto por perder y tan poco por ganar. Ciudades que, como el Madrid cantado por el poeta cabrero Miguel Hernández, muestran a los recién llegados del campo, muchos de ellos huidos de esos Montes Universales cada vez más individuales, "un ansia verde y un odio dorado".