No soy de morderme las uñas. Motivos tengo para hacerlo y el sistema nervioso me conduce, a veces, a ponerlas en contacto con los dientes, pero nunca las muerdo temeroso de convertir mis dedos en esa especie de porretas en que las reducen quienes se meriendan hasta el muñón.

En honor a la verdad, el cuidado que les presto tampoco pasa de darle un rato a la tijerita y a la lima de cuando en cuando. Las féminas son otro mundo. Las señoras siempre cuidaron y decoraron estas estructuras que se generan con las células muertas de la propia piel endurecidas por la queratina proveniente de los huesos.

Antes, en los salones de peluquería solía haber una joven dispuesta a hacer la manicura mientras el secador fijaba el trabajo realizado en la cabeza. Ahora es diferente. La gama de colores, motivos y formas que pueden ornamentar una uña es tan rica y variada que se ha desatado un auténtico furor por el embellecimiento de este tramo terminal de manos y pies. Y los que primero vieron la ventana de oportunidad a este negocio fueron los chinos, aunque ahora el modelo lo exploten personas ajenas a esa procedencia.

No hace ni un año, unas muchachas asiáticas montaron un local debajo de mi casa por el que pagaron 4.000 euros mensuales de alquiler. Un local dedicado única y exclusivamente al arreglo y aderezo de las uñas. Mi pronóstico, desde la ignorancia, fue que no aguantarían con el chiringuito más de tres meses. Ni dos semanas tardé en corregir el augurio. Aquello estaba lleno de clientes de todas las edades y condición sexual. Aumentaba exponencialmente la clientela y también la plantilla de trabajadoras que no daban abasto ante tal afluencia.

El local se les quedó pequeño y hace unas semanas abrieron otro más, a menos de veinte metros del primero que ya tiene cita previa y cola. En la puerta, una joven empleada que publicita el negocio me pasó el otro día un folleto con los servicios que ofertan. Nunca imaginé que a las uñas de las personas pudiera sacárseles, en términos laborales, tanto partido. Las posibilidades de tratamiento parecen infinitas. Desde la manicura de toda la vida a 8 euros el servicio, hasta los rellenos de porcelana o gel, pasando por toda suerte de actuaciones decorativas. El objeto de la oferta es que acudas allí como si la belleza de los seres humanos dependiera en exclusiva del aspecto de esas durezas carentes de terminales nerviosas.

Es cierto que una vez que sientan al cliente en su local le ofrecen otros servicios complementarios como la limpieza de cutis o la depilación de cejas, pero el gancho son las uñas, y se están forrando. Me alegro por ellas porque siempre admiré a los emprendedores y a los que ven los negocios con anticipación. Dudo que las que trabajan en esos dos locales mencionados tengan un solo cursillo de formación. Aprenden unas de otras, y aprenden rápido porque la necesidad hace al órgano. Y hay que atrapar el trabajo aunque sea con las uñas.