Siento que un lazo invisible me une a ti y a la abuela", me espetó hace pocas semanas I., mi única hija. "Nuestras vidas –explicaba– están entrelazadas: hay una conexión entre nosotras que siento indestructible". Más allá del amor que nos tenemos, ese vínculo es el mismo que unirá hoy a las mujeres de muchas ciudades del mundo: la conciencia de la especificidad de nuestras vidas por el mero hecho de ser mujeres.

La vida de mi madre ha sido muy distinta a cómo será la de mi hija, pero también a cómo es la mía. Ella habría podido ser arquitecto o médico, pero no tuvo ninguna oportunidad de hacerlo: a los 14 años, su madre decidió que debía abandonar el colegio "porque de qué servía que una chica estudiase". Más tarde, ya casada, pudo completar sus estudios, pero entonces, ‘por el bien de sus hijos’, decidió seguir a mi padre en un viaje que nos hizo vivir fuera de España seis largos años. Después trabajó aquí y allá, pero ya nunca pudo tener una profesión que le apasionase tanto como me apasiona a mí la mía. Cuando pienso en ello, aún ahora, me estremezco. Consciente de cómo era su vida, de la especificidad de ser mujer en aquellos años, mi madre quiso protegerme frente al machismo, y lo hizo a su manera, con las armas que tenía: "Tú no ayudes en casa, que lo hagan tus hermanos –me dijo un día–, porque si no sabes hacer nada, cuando te cases nadie podrá pedirte que te ocupes de las cosas". Fue su manera de transmitirme el feminismo: muy efectiva, por cierto.

Mi vida, en algunos aspectos, ha sido mucho más afortunada que la de mi madre, aunque yo forme parte de una generación de mujeres que aún se encuentran demasiadas veces solas en reuniones de trabajo en las que todos son hombres, una generación en la que la especificad de ser mujer se sigue sintiendo en demasiadas ocasiones. Anécdotas, hay muchas. Recuerdo, hace años, a un jefe que me convocó a su despacho para encargarme, o eso creía yo, una tarea. Al entrar, me suelta: "Solo quería ver cómo ibas hoy vestida. Ya te puedes ir".

Mi hija lo tendrá mejor. O eso quiero pensar. A sus 16 años, ella cree que el feminismo se debe ejercer con el ejemplo: "Como tú, mamá, que vives y trabajas como cualquier hombre". "La lucha está en el día a día", opina ella. Y, sin embargo, hace no tanto llegó agitada a casa: "Me ha pasado algo muy desagradable". "¿El qué?", contesté. "Un tío de unos veinte años se me ha acercado mientras andaba por la calle y me ha chupado la cara". Atónita, le respondo: "Pero ¿qué dices? ¿Y tú qué has hecho?". "Pegarle unos gritos que lo han dejado acojonado". De espaldas a ella, sonrío, pero me giro seria y le digo: "Ese chico no tenía ningún derecho a hacerte eso". "Lo sé", me responde, "ningún derecho".

Hagamos que hoy, 8-M, sea un día inolvidable. Por ellas. Por todas nosotras.