Ian Curtis
Ian Curtis, líder de Joy Division. ARCHIVO

Parte del público estaba asustado. Sobre el escenario, aquel joven se convulsionaba de manera extraña. Daba miedo. Tenía la mirada perdida, y agitaba los brazos nerviosamente al ritmo de la música.

En las primeras filas, un reducido grupo de neonazis jaleaba la actuación, convencidos erróneamente de que el nombre del grupo –una alusión a los pabellones de prostitutas de los campos de concentración–, era un claro indicio de su ideología nacionalsocialista. Nada más lejos de la realidad.

Joy Division
era un grupo extraño. Y entre sus muchas rarezas se encontraba la fascinación por la estética nazi, algo que compartieron con muchas bandas de la época, que encontraban en ello una forma de provocación. La década de los setenta tocaba a su fin, y el efímero fenómeno punk pedía a gritos una renovación interior,  un soplo de aire fresco. Y aquel extraño joven y su banda estaban dispuestos a poner su grano de arena.

Un alma perturbada


<p>Ian Curtis - TUMBA</p>Puede que algunos pensaran que había algo de pose en la actitud de Ian sobre las tablas. De ser cierto, eso sólo respondería a una parte de la realidad: Curtis padecía epilepsia, una enfermedad que había contribuido a reforzar lo introspectivo de su carácter y cuyos síntomas fueron su principal inspiración para su manera de bailar. Tal era su entrega, que sus habituales desmayos eran confundidos a menudo con parte del espectáculo.

Nacido en Manchester el 15 de julio de 1956, Ian Kevin Curtis había demostrado desde muy joven unas cualidades innatas para la poesía. No en vano, su talento le procuró una beca en la prestigiosa The King’s School, donde fracasó rotundamente.

Decidió entonces centrar sus esfuerzos en la música, dando forma a unas composiciones que destilaban un pesimismo romántico, un halo oscuro que reflejaba un nada disimulado sufrimiento interior. Curtis era un alma perturbada, frágil e inestable. Y como tal, parecía destinado a morir joven y de manera trágica.

Pioneros del post-punk

Ese mismo destino, a veces, encierra singulares paradojas: Joy Division nació gracias a un concierto de los Sex Pistols. En 1976, cuando  todavía eran unos completos desconocidos para el gran público, la que más tarde se convertiría en la banda punk por excelencia actuó en Manchester ante un reducido grupo de fans.

Allí estaban Peter Hook, Bernard Sumner y el propio Ian, que no tardó en unirse a Warsaw, la banda que decidieron formar tras ver aquel concierto. Warsaw, rebautizados poco después como Joy Division, se hicieron un hueco en la escena local gracias a un sonido inédito que hacía de sus limitaciones su principal virtud. 

A diferencia de la mayoría de los grupos de rock, en Joy Division era el bajo el que llevaba el peso de la melodía, apoyado en una base rítmica hipnótica, mientras la guitarra pasaba a un plano secundario. Por encima del resto, la profunda e inquietante voz de barítono de Ian dibujaba paisajes sonoros plagados de referencias literarias.

Joy Division poseían un magnetismo enigmático, doloroso y sincero. Tony Wilson, fundador del sello The Factory y personaje clave del llamado sonido Madchester, fichó al grupo para publicar su debut discográfico, Unknown Pleasures. El disco se alzó con el segundo puesto en las listas independientes británicas. Aquello les abrió las puertas a un segundo disco que, a la postre, se convertiría en la obra póstuma de Ian.

Desgarrado por el amor

La fascinación de Curtis por la muerte se había ido acentuando con el paso del tiempo. Su tormentoso matrimonio con Deborah Curtis, con quien se había casado a los 19 años, su relación extramatrimonial con la belga Annik Honoré y su desastrosa labor como padre desembocaron en una crisis personal que lo llevó a encerrarse en sí mismo y en sus propias letras.

Poco antes de que Closer, el segundo disco de la banda, viera la luz, y cuando Joy Division estaba a punto de embarcarse en una gira por EE UU, Curtis se ahorcó en la cocina de su casa de Manchester. En su tocadiscos giraba The Idiot, el álbum más introspectivo de Iggy Pop. Sus restos se enterraron bajo el epitafio Love will tear us apart(El amor nos desgarrará), el título de su canción más popular y el resumen trágico de su corta vida. Tenía 23 años. 

Un icono, también en la gran pantalla


<p>Joy Division</p>La singular vida de Ian Curtis ha servido de inspiración para el  cine. Basándose en Touching from a distance, la biografía que del icono escribió la que fuera su mujer, Deborah Curtis, Anton Corbijn rodó en 2007 Control, un biopic protagonizado por Sam Riley, que guarda un espectacular parecido con el músico.

La cinta recogió multitud de elogios por parte de la crítica y recibió el premio a la Mejor Película Europea en el Festival de Cannes. Otros cineastas, como Grant Gee, optaron por  retratar la vida de Curtis en forma de documental. Joy Division (2007) reconstruye la vida del cantante a través de las declaraciones de sus familiares y amigos más cercanos, contribuyendo a dar forma a un relato para muchos más fiel a la figura del mito. 

Por otra parte, Michael Winterbottom plasmó en la imprescindible 24 hour party people la efervescencia de la escena de Manchester a finales de los setenta y principios de los ochenta, en la que Joy Division jugaron un papel esencial.

Su legado

- Unknown pleasures. 1979. El debut discográfico de Joy Division mostraba en su portada los 100 pulsos sucesivos del primer púlsar descubierto. Tan magnética referencia servía para hacerse una perfecta idea de lo atrayente de su sonido: canciones tan primarias como absolutamente estremecedoras, ejecutadas con una evidente limitación técnica que fue compensada con creces a base de pasión.

Disorder o She’s Lost Control dan buena cuenta de ello. Más allá de las listas indies, sus ventas fueron pobres, aunque con el tiempo sería reivindicado como uno de los debuts más influyentes de todos los tiempos.

- Closer. 1980. Pese a que el lanzamiento del segundo  trabajo de Joy Division estaba programado para mayo de 1980, el suicidio de Curtis hizo que se aplazara hasta julio de ese mismo año. Así pues, el líder de Joy Division no vivió para ver el éxito de Love will tear us apart, single que no apareció en la primera edición de un disco más austero y claustrofóbico que su predecesor.

Una auténtica obra maestra de sombría, funeraria y premonitoria portada que puso el punto y final a la banda y sirvió de nexo entre el punk y la new wave, de la que los supervivientes de Joy Division serían grandes protagonistas con su nueva banda, New Order.