Poner un plato caliente en la mesa se ha convertido en la preocupación diaria de muchas familias madrileñas azotadas por la crisis. Tanto que la demanda del Banco de Alimentos se ha disparado un 20% en el último año, llegando a distribuir ahora mismo una media de 500.000 kilos/mes, 100.000 más que en el mismo periodo de 2009.

Cada vez es más difícil conseguir la comida, porque el consumo ha bajadoEl banco se abastece de los excedentes (sobre todo de productos perecederos) que les donan las grandes superficies comerciales y que ellos a su vez distribuyen entre 300 entidades y ONG de toda la región. "Cada vez es más difícil conseguir la comida, porque el consumo ha bajado y las empresas también producen menos", reconoce Vicente López, director general del Banco de Alimentos de la región. A pesar de ello, explica que "la demanda ha subido una barbaridad" y ellos se las ingenian como pueden para repartir lo que les llega: leche, fruta o yogures, entre otras cosas.

Menores de 18 años

Los lácteos son muy apreciados en el comedor para desempleados de Móstoles, una iniciativa pionera en la región (se inauguró hace un año) y cada día da de comer a 350 mostoleños, gracias a la colaboración altruista de los vecinos. Según explican desde el Ayuntamiento, cada día comen allí 200 hombres, 70 de ellos menores de 18 años (el 20% de los 350 atendidos). Cada día comen allí 200 hombres, 70 de ellos menores de 18 años

Y es que los jóvenes han sido de los primeros en poner manos a la obra para paliar los efectos de la crisis en sus modestas economías. Los estudiantes, por ejemplo, se aprietan el cinturón todo lo que pueden. Tanto que las cantinas de las facultades han notado una caída en picado del consumo. Así ocurre en la cafetería de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, donde han proliferado los tupers, y eso a pesar de que los menús no superan los cinco euros. Tampoco se estila ahora el pincho de tortilla o la caña entre clase y clase, explican desde la universidad.

Comer barato se ha convertido en una preocupación incluso para los que todavía conservan su empleo. Las empresas de catering especializadas en atender los comedores de los colegios han visto como en los últimos dos años ha disminuido el número de menús que sirven a los escolares. "Las familias que pueden han sacado a los niños del comedor para ahorrarse ese dinero", afirman desde una empresa del sector. "Les sale más barato comer en casa", dicen.

Robar para llenar el estómago

Recorren los pasillos de los supermercados, pero sin intención de llenar el carro de la compra. Son los autores de los conocidos como hurtos famélicos, que han subido desde que comenzó la crisis. Parados, jóvenes o jubilados que sustraen productos de primera necesidad por importes siempre inferiores a los cien euros, lo que favorece que el supermercado desestime denunciar el hurto. El destino de lo robado varía: o bien es para autoconsumo o bien se vende en el mercado negro.

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