Aeropuerto de Arlanda
Imagen del aeropuerto de Arlanda, bloqueado por la nube volcánico. Boris Bastide / 20minutos.fr

El volcán islandés que permanecía dormido desde 1919 nos esta complicando la vida. Unos 45.000 viajeros han quedado atrapados en el aeropuerto de Arlanda, según las estimaciones de uno de los periódicos locales de mayor tirada, Svenska Dagbladet, que da otras cifras: 57.000 viajeros atrapados en el aeropuerto de Copenhague, 129.000 en Holanda, 181.000 en Heathrow, 89.000 Gatwick, 142.000 en Frankfurt.

El centro está más animado de lo normal: son turistas y hombres de negocias atrapados por el volcánEs viernes y a primera hora de la mañana ya es imposible conseguir billetes de tren para el fin de semana. La agencia de viajes con la que hemos conseguido contactar dice que todos los trenes del norte y del centro de Europa están colapsados, llenos. Nos nos venden billetes.

Hablar con las agencias de viaje es misión imposible. Tampoco cogen el teléfono las compañías de autobús, una de las alternativas para por salir del país e intentar llegar a Dinamarca. Aunque el viaje no es precisamente corto: 11 horas de autobús desde Estocolmo a Malmö. En coche serían sólo 5; pero es imposible encontrar un coche de alquiler. La situación es tan imprevista y excepcional, que las agencias de alquiler de coches tienen las webs colapsadas e informan en sueco de que, dada las circunstancias, no alquilan coches para salir del país. Es decir, si alquilamos un coche, debemos dejarlo dentro de la frontera, así que se desvanece la opción de atravesar el puente que une Suecia y Dinamarca.

Anoche, el ambiente de los restaurantes y cafeterías del centro turístico de Estocolmo, Gamla Stan, era inusualmente animado para un jueves por la noche. Una mirada un poco más atenta desvelaba la razón: la mayoría eran turistas y hombres de negocios atrapados en Suecia por las nubes del volcán. Muchos de ellos cenaban con las maletas a los pies.

Empiezo a hacerme a la idea de que pasaré el fin de semana en EstocolmoYo he tenido suerte. Una amiga me presta su sofá todo el tiempo que necesite. Mis otros colegas, dos franceses y un italiano, han podido reservar noches de hotel para el fin de semana. Todos, con la esperanza de que la situación se solucione a lo largo de los próximos días. Mientras, seguimos buscando alternativas para regresar a nuestros respectivos países, porque aquí las noticias no aseguran que el lunes se pueda volar y tampoco nadie se arriesga a decir cuándo se normalizará la situación. Todo depende de cómo sople el viento, que arrastra las cenizas del volcán, y de momento, el viento se niega a alejarlas de los aeropuertos del norte.

Un ordenador prestado me permite escribir estas líneas. No es lo único que he conseguido estos días gracias a la solidaridad de la gente que me rodea. Hace un rato me acaban de hacer el mejor regalo de los últimos días: un cargador para mi móvil. Mi mala cabeza me había hecho viajar hasta Estocolmo sin él, por lo que hasta ahora he estado restringiendo todo lo que podía las llamadas a mi familia.

Ha empezado a llover, pero no hace frío. Empiezo a hacerme a la idea de que pasaré el fin de semana en Estocolmo. Tampoco es una mala opción. En otras circunstancias sería una opción ideal para pasar un fin de semana. Mucho que ver, cosas bonitas que comprar, gente muy amable, cerveza rica, casas confortables, iluminadas por lamparas en las ventanas, muchas flores... el problema es que ya deberíamos estar de vuelta en casa. Nuestras familias nos esperan, y tampoco podemos decirles si habremos vuelto para el domingo.