Isabel de Farnesio
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“Se trata de una buena muchacha de veintidós años, feúcha, insignificante, que se atiborra de mantequilla y de queso parmesano y que jamás ha oído hablar de nada que no sea coser o bordar”.

Así retrató el abate Julio Alberoni a Isabel de Farnesio, y así fue cómo convenció a la princesa de los Ursinos, poderosa asesora y dama de compañía del rey, de que la joven de Parma era la candidata perfecta para ocupar el puesto de segunda esposa del rey Felipe V. Alguien, al fin y al cabo, a quien poder someter a su gusto.

La de los Ursinos no tardó mucho en darse cuenta de su error: Isabel de Farnesio resultó ser una mujer esbelta y de armas tomar que, no bien había puesto un pie en España, expulsó a la vieja princesa del país, tomó cartas en los asuntos de Estado y se granjeó el confianza de su marido en el lugar donde residía la voluntad del monarca: en la cama.

Madre y madrastra

‘La Parmesana’, como fue apodada despectivamente por sus súbditos, nunca mostró afecto, sino desdén, por sus hijastros. Para ella, los descendientes del primer matrimonio del rey con María Luisa Gabriela de Saboya constituían un escollo más para lograr su principal objetivo: dotar a sus hijos Carlos (Carlos III) y Felipe de un reino donde gobernar.

Isabel tampoco se reveló como una madre amorosa con los seis hijos que tuvo, ya que consumió todo su tiempo y energías a las intrigas políticas para, precisamente, forjarles ese brillante porvenir que tanto ansiaba para ellos.

Hoy en día, las contiendas y las luchas internas por el acceso al trono están descartadas: el futuro del niño o la niña que dará a luz Doña Letizia estará marcado por la Constitución. La paz está garantizada.

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