Invidentes en la jungla
La invidente Rebeca González se topa con una valla en uno de sus recorridos habituales. Jorge París
Rebeca González tiene 23 años, es periodista e invidente. Cada vez que camina por las calles de Madrid, invadidas por las obras, siente que está en un sitio hostil. «Cada calle, cada pueblo, no es sólo la ciudad... Toda la región me resulta agresiva porque para los discapacitados está todo muy mal señalizado», cuenta sin rabia, como resignada.

Será porque está acostumbrada. Porque desde que comenzaron las zanjas y la ciudad se llenó de vallas ella tiene que armarse de una paciencia infinita. «La mayor dificultad que tenemos los discapacitados es que nos movemos por referencias fijas, desde una papelera o una farola. Las obras lo que hacen es desorientarnos mucho.

Cuando eso ocurre cuesta retomar el camino», dice.
Cada vez que se tropieza con una valla o con una zanja Rebeca tiene que pedir ayuda. Y no siempre es fácil. «Una vez iba bordeando una valla y me encontré con una moto mal aparcada. Empecé a tocarla con mi bastón y de repente apareció el dueño y comenzó a increparme. Tuve que explicarle que no era intencionado. Es lo que pasa, que a veces el desconocimiento provoca esas situaciones», concluye.

La ONCE registra muchas quejas

La Organización Nacional de Ciegos (ONCE) asegura que no tiene ninguna postura oficial frente a los problemas que causan a los discapacitados visuales las obras de Madrid. «Sí recibimos muchas quejas, pero de forma particular. Muchas de ellas las trasladamos a Urbanismo», aseguran desde esta organización. La ONCE tiene 9.351 afiliados en la región.