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El barrio gay a través del espejo de los ojos de Alicia

Alicia, una niña de seis años, nos muestra su barrio, en el que no hay una sola zona verde, pero donde el alcalde inaugura aparcamientos subterráneos de diseño y cada escaparate esconde todo un País de las Maravillas. Para Alicia lo distinto es lo habitual.
El barrio se articula alrededor de la boca de metro de Chueca
El barrio se articula alrededor de la boca de metro de Chueca
Jorge Paris

“¿Tú cuántas mamás tienes?”

“Sólo una”, contesto, consciente de mi desventaja.

“¡Yo te gano!” me dice Alicia con sonrisa de absoluta superioridad.

La primera en la frente. A partir de aquí ha quedado bien claro quien es la que está aquí en inferioridad de condiciones.

Alicia tiene 6 años y dos mamás, aunque una de ellas por ahora no tiene derecho legal alguno sobre la niña. Alicia fue adoptada siendo bebé por una de sus madres como persona soltera y si la madre adoptiva falleciera en este momento, su pareja, la mujer que de verdad ha criado a Alicia, podría tener problemas para quedarse legalmente con la niña porque no figuraría siquiera como pariente lejano de la misma.

Por eso las dos madres de Alicia tienen previsto casarse pronto, para que las cosas cambien. “Nunca lo habríamos hecho si no fuera por Alicia. Pero ella tiene derecho a tener dos progenitores como los demás niños” dice una de ellas.

La otra mamá de Alicia añade: “A todos ésos a los que se les llena la boca al decir que los derechos que de verdad importan son los de los niños y no los de los homosexuales, les preguntaríamos que dónde han estado los derechos de Alicia hasta ahora”.

Las tres viven en el barrio de Chueca y no quieren dar sus nombres para este reportaje. “Sabemos que hemos luchado por una causa justa, pero no queremos salir a la palestra para no convertir a la niña en bandera de nada. Ella no se lo merece. Simplemente es una niña como las demás, con una familia tan normal como la de cualquiera de sus compañeros de colegio”.

La voz de alarma me la dio Carlos. Durante la mañana, todas las personas con las que había hablado, me aseguraron lo radicalmente que ha cambiado el barrio en los últimos ocho años. Que éste ya no tiene nada que ver con el barrio peligroso y deprimido que había sido hasta entonces.

Los mayores se mostraron unánimemente encantados con la llegada de los homosexuales que según ellos le han dado una nueva vida al barrio

Los mayores se mostraron unánimemente encantados con la llegada de los homosexuales que según ellos le han dado una nueva vida al barrio.

Los jóvenes me convencieron de que Chueca es el barrio de la modernidad, de la diversidad, del todo cabe. Entonces fue cuando hablé con Carlos.

"El barrio no ha cambiado nada, las calles siguen igual de destartaladas", explicó.

Paseo con Alicia

Como primer destino le he dicho a Alicia que me lleve a su tienda favorita. Por el camino la niña me cuenta que le gusta mucho vivir aquí, “aunque no hay parques ni columpios, sólo este bosquecito enano en el que no se puede esconder ni un lobo”.

El bosque al que se refiere Alicia es una esquina con algunos arbolillos situada en la calle de San Gregorio y que mide más o menos lo que una alfombra de salón. Con Alicia de la mano, me acerco hasta Caramelario, una tienda en la que se diseñan todo tipo de objetos con caramelos y gominolas. Incluso se hacen muebles de encargo o se reciclan los que podamos tener en casa. Caramelario está en la Calle Pelayo. Y Carolina, la encargada de la tienda, me explica que a ella acude gente de todo tipo, desde las ancianas del barrio de 80 años hasta las parejas más modernas. También me habla de una solicitud vecinal que ha sido cursada al ayuntamiento para pedir la peatonalización de la calle.

La pequeña Alicia no abre la boca en todo el tiempo que pasamos en la tienda. Sólo contempla extasiada cada objeto, cada mueble, acercándose a ellos hasta casi rozarlos con la punta de la nariz. Al salir le digo que me ha encantado la tienda a la que me ha traído. “Bah, no creas, no es tan guay, las chuches no se pueden comer”.

Nuestro siguiente destino es la librería Berkana en la calle Hortaleza. La primera librería especializada en cultura homosexual de este país. Al entrar Alicia muestra su dominio del establecimiento lanzándose de cabeza a la sección de libros infantiles en los que se muestra títulos como Rey y Rey, o Una más en la familia.

Alicia me dice defraudada que ya los tiene todos. “No es extraño” responde Mili Hernández, propietaria de la tienda: “Ahora mismo sólo hay 6 títulos infantiles de temática gay editados en castellano”. Después Mili me asegura que está totalmente de acuerdo con Carlos en cuanto a la apreciación del barrio.

Cuando yo llegué la mayoría de los locales estaban cerrados o a punto de cerrar. Había demasiada inseguridad

“Chueca lo hemos sacado adelante los propios habitantes. Cuando yo llegué los locales estaban cerrado o a punto de cerrar y la mayoría de los edificios semivacíos. Había demasiada inseguridad. Ahora las casas están más cuidadas porque al llegar gente nueva, las comunidades de vecinos han podido afrontar la rehabilitación de sus edificios.

Aunque el barrio sigue en un completo abandono en cuanto a la administración se refiere. ¡Pues claro que no hay apenas niños! Entre que a los homosexuales se nos ha privado hasta ahora del derecho de adopción y que no hay la más mínima infraestructura para ellos... Con decirte que no hay ni una sola zona verde en todo el barrio... De los pocos niños que hay, casi todos son hijos de inmigrantes, en Chueca hay muchos filipinos”

Mili abrió la librería hace doce años en otro local de la misma plaza de Chueca y lo primero que hizo fue colocar en la puerta un banco pintado con los colores del arco iris como símbolo de identidad.

“Al principio sólo pensé en abrir un negocio que ya existía en otros países. Con el tiempo fui consciente de lo que estaba significando Berkana. Hasta ese momento lo gay había sido sinónimo de lo oculto, de la noche. Nuestra librería consiguió hacerlo visible. Aunque al principio a la gente aún le costaba entrar a la vista de todo el mundo”.

Al salir de Berkana es casi la hora de comer y le pregunto a Alicia si le apetece una hamburguesa. Para mi sorpresa la niña contesta: “prefiero un teriyaki”. Está claro que en el barrio de la diversidad los niños también son algo diferentes. Para complacer los deseos de Alicia, ella y yo nos vamos a comer al restaurante Robata en la calle de La Reina.

Al cruzar por Vázquez de Mella, Alicia se acuerda de que el otro día vio al alcalde en la tele inaugurando el aparcamiento subterráneo de la plaza. “Es precioso, es rojo y en las paredes tiene fotos de señores” me cuenta una informadísima Alicia.

En el restaurante Robata, nuestra anfitriona, la japonesa Siguemi nos asegura que para ella lo mejor del barrio es la mezcla de gente. Después Siguemi nos cuenta que su chef es el único cocinero japonés que, fuera de su país, posee el diploma de la Alta Cocina Japonesa y la licencia para preparar Fugu, un pescado que sólo los más expertos pueden elaborar, pues, si se corta incorrectamente, segrega un veneno mortal.

Sentadas en el sushi bar, Alicia y yo observamos las bandejitas de miles de colores, que el cocinero sirve con un remo de barco directamente sobre la barra. Son un gustazo para los sentidos. Toda una explosión de texturas, colores y mezclas. Pero por si acaso, Alicia me advierte desconfiada que ella no va a comer “el fugu ése. Sólo Teriyaki”

Delante de nuestros respectivos platos, Alicia admite algo avergonzada que aún no sabe comer con palillos. Pero como ya ha aprendido a leer, “lo de los palillos va a estar chupao”. Una vez con el estómago lleno, camino de su casa, la niña y yo vamos contando las muchas banderas gay que ondean orgullosas en los balcones del barrio. Le pregunto a Alicia si sabe de qué país es esa bandera.

“¡No es de ningún país, si es que no te enteras de nada. Es la bandera del arco iris de las mamás que se quieren mucho!” Hago acopio de todas mis fuerzas de flaqueza para demostrarle a Alicia que de algo sí me entero y le cuento lo que todo el mundo sabe, que al final de cada arco iris hay un tesoro enterrado.

Parece que por primera vez he conseguido decir algo interesante, porque abriendo mucho los ojos Alicia se vuelve hacia mí y pregunta: “¿Y dónde está el final?” La sensación de rozar el triunfo con los dedos se esfuma en cuanto Alicia termina de formular su pregunta y tengo que admitir que no sé muy bien dónde puede encontrarse ese final, aunque le prometo que no debe de andar muy lejos.

“Seguramente estará en un lugar donde haya unos parques preciosos con columpios y muchas niñas como tú” añado intentando obviar que una vez más he vuelto a morder el polvo.

Alicia no se molesta siquiera en contestarme y durante un rato avanza en silencio a mi lado con la vista clavada en la puntera de sus zapatos. Al parecer esta mañana ha logrado hacer serios progresos en “eso de ver con la nariz”, porque sin levantar la mirada del suelo por fin me dice: “¿Sabes? En esa tienda de antes, los caramelos tampoco olían” Y es que nada es perfecto, Alicia, ni siquiera en el País de las maravillas.

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