Museo de la prefactura de la Policía parisina durante mayo de l68
Museo de la prefactura de la Policía parisina durante los disturbios de Mayo del 68 (FOTO: EFE) EFE

“Desabróchense el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Aquella malévola ocurrencia que algún joven sesentayochista garabateó sobre una pared de la universidad de Nanterre durante el llamado mayo parisino parece haber alcanzado una dimensión profética cuarenta años después: con todas las monografías, ensayos y entrevistas publicados en los últimos meses sobre la revolución de Mayo del 68 se podría levantar más de una barricada; y con los artículos, alfombrar hasta el último rincón del Quartier Latin.

La abundacia de artículos ha regalado a Mayo una segunda juventud en los periódicos

Filósofos, escritores, novelistas (muchos de ellos, auténticos “profesionales del 68 ”), se han volcado estos días sobre aquellos acontecimientos “intrínsecamente inacabados”.

El resultado: a falta de un pronunciamiento histórico de perspectivas más amplias, Mayo del 68 sigue siendo un campo de batalla ideológico, un altar donde expiar los pecados de juventud y un mostrador con souvenirs culturales de todos los tamaños y para todos los gustos.

Desengaño amargo

Los protagonistas de Mayotienen todavía el poder mediático y creen que su juventud les puede interesar a todos”. He aquí, según Jean Francois Fogel, uno de los motivos de esta sobredosis conmemorativa. Para él, como para el poeta y ensayistas Félix de Azúa, “es más fácil leer sobre los sesentayochistas que sobre los famosos sucesos”. Sus artículos, y los de algún otro como Antonio Elorza, son principalmente una parodia amarga de los estereotipos que Mayo ha ido excretando con el paso de las décadas y las evocaciones.

Mayo nos hizo menos idiotas

Con menores dosis de crueldad, pero con un distanciamiento irónico similar, los filósofos Fernando Savater y Guy Sorman, ambos protagonistas de aquellas jornadas en las que Dadá le tendió la mano a Lenin, prefieren ver en Mayo el impulso que les hizo mejores, “menos idiotas”, renunciando así educadamente al desmesurado propósito de cambiar el mundo.

Los dos coinciden en señalar, además, que las revueltas estudiantiles marcaron el declive intelectual -y sobre todo moral- del marxismo como ideología.

¿Qué queda de Mayo?

Pero se han publicado algo más que artículos intimistas estos días. La pregunta fundamental que ha vertebrado el debate ha sido: ¿Qué queda Mayo? Y las respuestas, abundantes, han oscilado desde la abultada enmienda a la totalidad del comunicado del PP a la feliz conexión entre las aspiraciones sesentayochistas y las demandas de los movimientos altermundistas .

¿Revolución cultural o revuelta política? Los comentaristas no se ponen de acuerdo

Dilucidar si lo ocurrido en 1968 tuvo más de revuelta política que de revolución cultural o viceversa ha sido otro de los temas favoritos de los articulistas. Para Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, “Mayo no fue sino una revolución cultural con apariencias políticas”.

Para el historiador y lingüista Tzvetan Todorov es precisamente “la visión de una sociedad totalmente quimérica” que alentaba los discursos políticos izquierdistas, lo que deslució el impacto positivo de “los vientos de liberación en el terreno social”.

En cuanto a sus triunfos y fracasos, el filósofo André Glucksmann, uno de los más activos en las asambleas de París y que ha virado hacia posturas muy críticas, opina que la mayor conquista de Mayo ha sido la “capacidad de poder actuar sin el Estado”. En el bando de los descontentos con su herencia, otro filósofo francés, Marchel Gauchet, afirma que la generación de 1968 se ha mostrado “incapaz de optar entre la prosa democrática y la poesía revolucionaria”.

Aceleración de la Historia

Mayo del 68 resultó ser, en cierto modo, la aceleración del tiempo histórico, un bocado vertiginoso en la sociedad civil del futuro. Esa misma prisa bendita que los jóvenes mostraron entonces frente a la realidad parece un adelanto de la urgencia con la que hoy se trata de establecer la historia definitiva de sus logros y fracasos.

Se olvida así aquello que escribiera el historiador Fernand Braudel: “¿Quién sería capaz, en la compleja urdimbre de los hechos de la vida actual, distinguir con tantos visos de seguridad lo duradero de lo efímero?