El arzobispo de la Archidiócesis hispalense, Juan José Asenjo, este sábado
El arzobispo de la Archidiócesis hispalense, Juan José Asenjo, este sábado ARCHIDIÓCESIS DE SEVILLA

Durante la ceremonia, Asenjo ha rememorado su ordenación sacerdotal aquel 21 de septiembre de 1969, fiesta de san Mateo, en la parroquia de san Vicente de Sigüenza, de manos del obispo Laureano Castán Lacoma, agradeciendo la asistencia al acto a sus hermanos, sobrinas y primos, los cardenales Amigo Vallejo y Rouco Varela, los

arzobispos y obispos, el consejero de la Nunciatura Apostólica en España y los sacerdotes y monjas congregadas en la Catedral.

En ese sentido, ha celebrado "el privilegio de haber nacido en el seno de una familia cristiana sencilla, que supo crear el ambiente propicio para que pudiera germinar la vocación", que le inició "en la fe y la piedad".

Frente a ellos, y entre diversas invocaciones de San Mateo, ha levantado "la copa de la salvación" con la que ha ofrecido a Dios "un sacrificio de alabanza, y no cualquier sacrificio, sino el sacrificio de la sangre de Cristo". "El Señor se fijó en mí por puro amor y me llamó al ministerio sacerdotal por pura misericordia, sin mérito alguno de mi parte, pues como dijera el papa Benedicto XVI, nadie tiene derecho al sacerdocio, que no puede ser incluido en el catálogo de los derechos humanos fundamentales", ha enfatizado Asenjo.

Además, ha pedido "perdón a Dios" por sus "deficiencias y debilidades", defendiendo que "Jesús ha sido también el corazón" de su vida. "Así lo será con su ayuda hasta el final de mis días", ha aseverado.

De tal modo, y rememorando la figura de San Mateo y su evangelio, ha declarado "una vez más" su "amor a la santa Iglesia y en particular a las iglesias" donde ha servido, en especial a la de Sevilla. "Hoy más que nunca quisiera seguir sirviéndola con entrega generosa, demanera que lo que la Iglesia es para mí, lo sea también a través de mí", ha enfatizado el arzobispo.

Así, Asenjo ha renovado su "comunión y adhesión cordial al obispo de Roma, cabeza del colegio episcopal, el papa Francisco, en quien subsiste por voluntad del Señor el oficio que Él entregó a Pedro", defendiendo que "el amor al Papa y el sentir con el Papa han sido siempre un signo distintivo de los buenos católicos, como lo ha sido también la acogida, docilidad y obediencia a sus enseñanzas".

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