Diente de leche de un neandertal hallado en una cueva de Prado Vargas, al norte de la provincia de Burgos.
Diente de leche de un neandertal hallado en una cueva de Prado Vargas, al norte de la provincia de Burgos. EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE PRADO VARGAS

El diente, que pertenece a una niña a la cual el equipo se refiere con el nombre de 'Vera' en honor a la nieta del dueño del prado donde se encuentra el yacimiento, se corresponde con un molar deciduo inferior que se le cayó a un menor de ocho años y se ha convertido en el primer resto de esta especie localizado en Ojo Guareña, lo que permite verificar la ocupación en este territorio desde hace, al menos, 45.000 años.

La cueva de Prado Vargas se localiza en un desfiladero configurado por el río Trema a su paso por Cornejo, una localidad perteneciente al Ayuntamiento de Merindad de Sotoscueva, en el norte de la provincia de Burgos.

Los hallazgos en este emplazamiento se remontan a 1968, cuando se descubrió el cráneo de un oso de las cavernas, lo que motivó a que el científico Trino Torres llevara a cabo en 1986 una campaña de excavación en la que se verificó la existencia de una ocupación neandertal en el enclave.

La campaña de excavaciones de 2019, que arrancó el pasado 1 de agosto, ha contado con quince investigadores de la Universidad de Burgos, el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (Cenieh) y el Museo de la Evolución Humana (MEH).

Entre los restos hallados, se han recuperado huesos y dientes de cierto, rebeco, corzo, tejón, oso, bisonte y zorro, entre otros, encontrándose algunos de ellos, como húmeros o tibias, muy fragmentados, lo que indica que los grupos de neandertales los transportaban al interior de la cavidad para aprovechar su carne y fracturar las cañas de los huesos para obtener su médula.

En la campaña de excavaciones también se han recuperado medio millar de piezas destacando varias puntas, raederas, denticulados y muescas realizadas tanto en sílex como en cuarcita, recogidas en los alrededores de la cueva.

Entre ellos, destaca la aparición de numerosos retocadores de hueso, instrumentos realizados a partir de fragmentos de huesos de las extremidades de los animales, de unos diez centímetros de longitud, que fueron utilizados para golpear los bordes de las lascas y modificar sus filos, tanto para reavivarlos, como para configurar herramientas.

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