César Aira
César Aira. Ilustración de Luis F. Sanz Luis F. Sanz

Situemos las aventuras de Superman no en Metrópolis, sino en Rosario, una ciudad de provincias argentina; cambiemos a Clark Kent por Aldo Sabor, un joven periodista del diario local El Orden, y a Lois Lane por Karina del Mar, una artista plástica que no acaba de despuntar; rebauticemos al malvado Lex Luthor con el nombre de Richard Frasca y nos habremos metido de lleno en la atmósfera barbaverdiana creada por el argentino César Aira en las cuatro aventuras que conforman este libro.

Pero mientras que en los cómics de Superman, Clark Kent es al mismo tiempo el periodista torpón y el superhéroe uniformado de licra rojiazul, en este libro, Sabor es solamente Sabor; Barbaverde, el guerrero que combate el Mal, actúa por su cuenta y riesgo.

Y no nos importa que el verdadero protagonista de este libro sea el reportero sedentario y anodino cuya timidez le impide cualquier posibilidad de tomate con Karina. Al contrario: Aira logra que no echemos de menos ver cómo se cambia de ropa en una cabina telefónica de las de antes y que encontremos entrañable su insomnio la noche anterior a una excursión en lancha a una isla cercana donde le envía el periódico.

Este dulce aroma provinciano que vetea toda la narración y que nunca se nos oculta, con hoteles venidos a menos y periódicos locales sin apenas presupuesto, es uno de los máximos encantos de Las aventuras de Barbaverde. ‘mascletà’ de peripecias Con sus más de cincuenta libros publicados, esta máquina humana de producir literatura llamada César Aira comparte con la oriental Sherezade la virtud de captar nuestra atención durante todo el tiempo que tenga a bien narrarnos algo.

En las cuatro aventuras de Barbaverde, Sabor, Karina y compañía, la profusión de andanzas es tal que roza lo churrigueresco. Si nos viésemos obligados a citar los momentos más chanantes del libro, sin duda la aparición del elenco de barbies que, convertidas en mujeres de carne y hueso gracias a un rayo juguetizador, se cambian de modelito compulsivamente o la presencia de un salmón descomunal sobre el cielo de Rosario serían los elegidos.

Pero, además de toda esta pirotecnia de acciones, Aira se las apaña para no dejar de lado –porque se divierte, y eso se nota– otros aspectos más minúsculos de la realidad, como las cartas al director que escriben los lectores de periódicos, o el olvido recurrente de montgomerys (trencas en versión argentina) en los percheros ajenos.

Y es que si Aira pone en marcha este artefacto multifuncional del que es dueño y señor, lo hace, entre otras cosas, para hablarnos del Universo, del Presente, de la Realidad y de la Historia; pero así, con mayúsculas, que es como figuran estos grandes conceptos a lo largo de las aventuras de la alegre pandilla de héroes y malvados de andar por casa que circulan vertiginosamente entre las páginas de este libro.

Mondadori / 384 págs. / 20,90 euros