Los españoles son mucho más pacientes de lo que creen al norte de los Pirineos. Los alemanes, por ejemplo, no tienen ni idea de lo que es pedir hora en un consultorio, llamar a una empresa de telefonía, esperar al experto en chapuzas caseras. No saben que, en nuestro país, las horas y los días pactados, los contratos suscritos o no son puramente orientativos y no, como debería ocurrir, de obligado cumplimiento. Cualquiera ha pasado por la experiencia de solicitar un servicio para nuestro domicilio o de iniciar una pequeña obra y se ha encontrado con que lo que estaba previsto para tal fecha, después de haberlo cerrado así, no se cumple. Los instaladores no vienen ni en la fecha ni el momento previstos, el encargado no está y nadie sabe nada. Esa falta de seriedad, que a veces raya en la insolencia y en el abuso, es tan común y tan antigua que hemos aprendido a convivir con ella. Pero es impropia de un país que se proclama tan moderno y tan europeo. Los avances también tienen que notarse en las pequeñas cosas, como el fin de las informalidades. No pasa nada por decir la verdad y evitar ese doliente vuelva usted mañana.