Ilustración para 'El cartero de Neruda', de Antonio Skármeta.
Ilustración para 'El cartero de Neruda', de Antonio Skármeta. RAQUEL ECHENIQUE / LUMEN

Hay poemarios que nunca serán poesía y novelas con actitud de trova larga. Hay libros con versos que no dicen nada y silencios que han atravesado toda una antología. Hay títulos que llaman al olvido y luego hay sintagmas tan simples que se evocan sonriendo. El cartero de Neruda es siempre de los segundos grupos.

El clásico de Antonio Skármeta no se titulaba así, sino Ardiente paciencia, como las palabras que el vate chileno pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel y que iban referidas a su amplio y viejo comunismo. Pero las paciencias ardientes, como las esperas rabiosamente tensas y emocionantes, pueden serlo de lo que cada cual sospeche que precisa.

A veces, esto puede ser un primer eslabón que no se oxidará cuando se agarre el siguiente. Anclarte bien para saltar mejor. Y así, uno tras otro, los objetivos de la vida. Es lo que vertebra esta novela que respira suave como los pueblos con mar, pero cuyos personajes hablan con todo el pulso de la sangre puesto en órbita, incendiados de su propio carácter.

Ahora la editorial Lumen saca una revisión de esta obra maestra equidistando las palabras de Skármeta con ilustraciones de Raquel Echenique de ciertos pasajes inolvidables.

Mario Jiménez es el cartero de una aldea costera de esa absoluta vertical que es Chile. Él seremos leyendo el libro. Un hombre simple, ignorante y trémulo con los grandes dones que ello conlleva: la bondad y la curiosidad. Y serán ellas quienes nos harán pasar la página.

Amistad, amor, poesía

Conocerá a Pablo Neruda, su único cliente de misivas, y aprenderá la amistad, que cuando está naciendo tiene brillo de asombros cotidianos, intuiciones que al hacerse verdades se expanden como las mariposas.

De uno de esos asombros surgirá la poesía, como finalidad y herramienta, con todo su acero político de orgullo del plural y su grito íntimo, desde la metáfora ("¿por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado?") al recital.

Y de ser epígono del parralense aparecerá el amor, el primero, un absoluto que absorbe. Beatriz. La nostalgia. Los futuros abiertos. Esa eterna e instantánea constancia del tiempo.

El verdadero Neruda no era alguien con quien coincidir: lleno de contradicciones, tanto luchó por los derechos de la mujer en su época de diputado como confesó en su autobiografía una violación en su etapa de cónsul en Asia; tanto abandonó a su hija, Malva Marina, con hidrocefalia, como fletó el Winnipeg, un barco que salvó a miles de españoles llevándoles lejos del franquismo.

Pero en el libro de Skármeta, Neruda es una excusa, un afiche, un bastón: lo que calienta es leer cómo la ignorancia es vencida, personajes cuyas sentencias funcionan porque tañen la experiencia de la calle ("No sabré yo que cuando los hombres se calientan, hasta el hígado se les pone poético" dice la madre de Beatriz).

El cartero de Neruda es un libro para iniciarse o para volver de lejos. Como la película que se le hizo (Il postino), su sencillez es su medida universal. Con él entre las manos, uno puede mirar su biblioteca y arramplar por igual con prosa o verso, rememorar el primer amor o sentir de nuevo la efervescencia de enamorarse, dejarse ir o grabar los sonidos para que no se lleve el olvido cómo entra la cultura en el pueblo.

Portada de 'El cartero de Neruda', de Antonio Skármeta.