El maestro del relato breve, Jorge Luis Borges, nació en 1899 en Buenos Aires y murió en Suiza en 1986. En 1937 obtuvo un puesto de auxiliar primero en la biblioteca municipal Miguel Cané, que le sirvió para subsistir y dedicarse a la literatura.

Se podría pensar que allí Borges fue dichoso, pero escribió: «Estuve en la biblioteca durante nueve años. Fueron tiempos de firme infelicidad. Mis compañeros no se interesaban por otra cosa que las carreras de caballos, el fútbol y los cuentos obscenos». Sus colegas le despreciaron por sus intereses literarios. Borges se refugiaba en el sótano o en la azotea para leer y escribir. Sus compañeros se burlaban de él, diciéndole que tenía el mismo nombre que un escritor famoso. Allí el artista aprendió que la individualidad era vista con recelo e, incluso, condenada.

Tras la caída de Perón,   en 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional Argentina. Las bibliotecas fueron para él un espacio mágico, un país de aventuras y descubrimientos. Sus lecturas se convirtieron en magistrales relatos que elaboró robando tiempo a sus horarios de trabajo.