Decía un profesor de la facultad de Periodismo de la universidad Complutense que no hay aseveración más falsa que esa que reza que sobre gustos no hay nada escrito. "Sobre gustos hay mucho escrito, lo que pasa es que ustedes no lo han leído", afirmaba de forma tajante.

Su intención era hacernos entender que el gusto se educa y que es posible aprender a discernir entre la calidad de una obra y nuestra mayor o menos preferencia por la misma. Es decir, que podemos adorar productos que sabemos nefastos o no soportar obras cuya gran calidad somos capaces de apreciar.

Algo así me ha sucedido con Z, la ciudad perdida (La ciudad perdida de Z habría sido mejor traducción del título, por cierto), un largometraje interesante, bello y con admirables actuaciones que, por algún motivo, no ha sido capaz de tocar mi alma cinéfila.

El problema han sido, quizás, las expectativas. La película se ha vendido como una resurrección del cine clásico de aventuras, y eso esperaba un servidor. Pero no, la esencia de biopic pesa más que la épica del descubrimiento y el ritmo pausado se va haciendo, con el paso de los minutos, cada vez menos llevadero.

¿Posee este filme el espíritu de las películas clásicas de aventuras? Sí, pero no es una de ellas sino más bien una de las historia reales que inspiraban a aquellas. Z, la ciudad perdida cuenta la historia del oficial británico Percy Fawcett (Charlie Hunnam), quien a principios del siglo XX se embarcó en una expedición a Bolivia y quedó fascinado con la Amazonia y obsesionado con la idea de la existencia de restos de una civilización antigua en la jungla. Esa idea marcó su vida y eso es lo que relata aquí el estadounidense James Gray, con un ritmo irregular.

Como Fawcett, el espectador ansía viajar al Amazonas, pero la trama se empeña en arrastrarnos una y otra vez fuera de allí

Como Fawcett, el espectador ansía viajar al Amazonas y descubrir sus misterios, pero la trama se empeña en arrastrarnos una y otra vez fuera de allí, y a menudo le cuesta dejarnos regresar. En cierto modo, no hay mejor forma de hacernos sentir los mismos anhelos que el protagonista, pero es inevitable que el entretenimiento se resienta en ciertos tramos excesivamente largos.

A pesar de las hermosas escenas, a pesar de las loables actuaciones y de las elevadas ideas que van sugiriéndose a lo largo del metraje, pocas llegan a calar con la suficiente fuerza. Quizá la más poderosa y acertada de todas es un inspirador alegato a favor del conocimiento y en contra del racismo, el clasismo y la soberbia del hombre blanco.

Por desgracia, otros temas quedan peor cerrados o incluso en mero apunte, mensajes que uno espera vez más desarrollados y acontecimientos que parece que van a llegar pero que nunca llegan. Esa sensación resulta especialmente marcada con el feminismo y el personaje de Sienna Miller, una mujer fuerte e independiente que no termina de acaparar el protagonismo que merecería. También hay alguna acertada pero breve exaltación de la lealtad y la amistad, una genial subtrama de enemistad que desaparece a medio camino y, lo que es peor, una conclusión acelerada y desdibujada que es la que me impide apreciar lo mucho positivo de Z, la ciudad perdida por encima de lo negativo.

Dicho final gira en torno a la familia, es el resultado de un impreciso dibujo de las relaciones paternofiliales e incluye un incomprensible –por poco explicado– cambio de dirección. Lo siento, pero lo que debería emocionar me deja frío.