Casi podríamos decir que  Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), considerado el escritor cumbre de las letras hispanas, fue un narrador amateur, puesto que nunca pudo vivir de los ingresos de sus escritos  y tuvo de dedicarse a otros menesteres durante muchos años.

En 1587, sin medios para vivir, marchó a Sevilla, donde consiguió un empleo de comisario de abastos y recaudador  de impuestos. Su trabajo consistía en requisar trigo y aceite para el abastecimiento de una campaña naval que se preparaba contra Inglaterra. Su primer destino fue Écija, y allí los campesinos se negaron a entregarle el trigo, alegando haber tenido una mala cosecha. Cervantes requisó el trigo y fue acusado de quedarse con parte del mismo para beneficio propio.

En 1597 la Audiencia de Sevilla pidió cuentas de su gestión. Se hallaron irregularidades en las cuentas y Cervantes acabó en prisión, de donde sólo pudo salir  cinco meses después gracias a la intercesión  de Felipe II. Supuestamente fue durante su encierro cuando gestó la idea de Don Quijote.

De Cervantes se dice que estuvo «preso por deudas», lo que no parece verdaderamente deshonroso. Tristemente, los historiadores coinciden en que el motivo fue un delito claro de malversación de fondos.