Isabel Martínez
Isabel Martínez es profesora del Departamento de Biología, Geología, Física y Química Inorgánica de la URJC. JORGE PARÍS

La década de los ochenta auguraba buenos tiempos para las académicas. Elisa Pérez Vera y Josefina Gómez de Mendoza comenzaban a dirigir la UNED (1982) y la Universidad Autónoma de Madrid (1984), respectivamente, otras como M.ª Ángeles Durán Heras rompían décadas de cátedras con nombres de varón (Sociología), y las investigadoras jóvenes se adentraban en ámbitos que históricamente no les habían pertenecido. Fue el caso de Cecilia Castaño, catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), quien se decantó por analizar la robotización de la industria del automóvil y, pateándose las fábricas de norte a sur, se doctoró con sobresaliente cum laude.

Algunos profesores no se creían que iba a hacer la tesis En 1992, Cecilia optó a una cátedra en la UCM compitiendo con cinco hombres; bastó su currículum internacional para superar «el ambiente paternalista» y el descrédito que padecía como mujer. «Se consideraba que estábamos en la universidad para pasar el rato y llevar un sueldito a casa; algunos profesores no se creían que iba a hacer la tesis, no me consideraban igual», recuerda.

En las tres últimas décadas, la presencia de la mujer en los rangos académicos más altos y en puestos de responsabilidad ha evolucionado a un ritmo excesivamente lento, y la llegada del nuevo siglo tampoco ha supuesto un revulsivo: en 15 años, el 15,7% de catedráticas se ha convertido en un 20,6%. La última en incorporarse a la nómina casi anecdótica de rectoras (6) ha sido Pilar Aranda, al frente de la Universidad de Granada, todo un hito en sus 483 años de historia. ¿Qué sigue fallando para que el sexo condicione tanto la carrera académica?

Mar Jimeno recuerda la complicada experiencia de criar a su hija de dos meses en Boston, mientras investigaba con una beca posdoctoralMar Jimeno es, desde hace cinco años, catedrática de Derecho Procesal en la Universidad de Burgos (UBU), la única que supera en un punto la media nacional de mujeres con este rango (30,5% frente a 20,6%). Tiene dos hijas adolescentes acostumbradas desde muy pequeñas a acompañarla en sus estancias en universidades extranjeras, imprescindibles para labrar una carrera científica destacable y todo un desafío para la maternidad.

Mientras que Jimeno habla de «enriquecimiento familiar y personal» gracias a la corresponsabilidad de su pareja, Lourdes Prados, profesora titular de Arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), recuerda la complicada experiencia de criar a su hija de dos meses en Boston mientras investigaba con una beca posdoctoral.

La estabilidad familiar beneficia a los hombres

En la práctica, no muchas docentes dan el paso: en España, solo un 35% de investigadoras viven la experiencia, frente a un 65% de varones, según la edición de 2012 del informe europeo She Figures. El tiempo de embarazo y lactancia hace muy difícil investigar y publicar, y en un carrera marcada por el calendario, los méritos se pierden. Cecilia Castaño recalca que para evitar que las investigadoras abandonen su promoción académica, la universidad «no debería contabilizar» ese tiempo familiar.

Las catedráticas solteras suponen un 30%, frente a un 13% de hombres, y que un 31% de ellas tienen hijos, frente a un 54% de los varones Isabel Martínez, profesora titular del Departamento de Biología, Geología, Física y Química Inorgánica de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), apunta que las catedráticas solteras suponen un 30%, frente a un 13% de hombres, y que un 31% de ellas tienen hijos, frente a un 54% de ellos (Libro Blanco Situación de las Mujeres en la Ciencia Española, 2011).

En otras palabras, la estabilidad familiar beneficia a los varones: la plena dedicación que requiere el proceso de obtención de una cátedra (investigación y publicaciones propias, tutela de tesis, tareas de gestión, estancias en el extranjero...) es más factible cuando otra persona se encarga del cuidado del hogar.

La comunidad universitaria parece reproducir los estereotipos de la sociedad atribuyendo únicamente a la mujer «la función del cuidado de la familia, lo que provoca la renuncia a su profesión en muchos casos», argumenta Teresa Carrancho, decana de la Facultad de Derecho de la UBU. En su trayectoria ha advertido «el machismo más sutil», además de «actitudes paternalistas, condescendencia, consejos que no se piden, el visto bueno a las decisiones».

Es lo que Castaño atribuye al «estereotipo y las redes de poder» que, al parecer, operan de forma especial si la labor investigativa se centra en el género. «Se consideran estudios poco científicos y de interés para un grupo muy reducido de mujeres; es un enorme esfuerzo introducirlos en nuestros grados o posgrados», indica Prados.

Una legislación que se queda en papel mojado

La probabilidad de promoción a cátedra de una mujer frente a un varón cae un 14% si hay "un evaluador varón adicional" en esa comisión Sus palabras sorprenden, porque el interés ministerial es que ocurra precisamente lo contrario. Así lo recalca Ana Puy, directora de la Unidad de Mujeres y Ciencia (Ministerio de Economía y Competitividad), un órgano que vela por la aplicación de estudios e investigaciones de género y la igualdad en la universidad, y una mayor participación de la mujer en la ciencia, la tecnología y la investigación.

Puy admite que «todavía queda mucho para alcanzar la plena igualdad de género en la I+D+i». El avance en las brechas que crecen proporcionalmente al rango académico es, en su opinión, «lento», y llama la atención sobre la «muy acusada segregación horizontal en las ramas de Ingeniería y Arquitectura» (10% de catedráticas, 21% de profesoras, 25% de alumnas).

La Ley 3/2007 para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres distingue en su articulado entre discriminación «directa» e «indirecta», definiendo esta última como «la disposición, criterio o práctica aparentemente neutros que pone a personas de un sexo en desventaja particular con respecto a personas del otro». ¿Son neutras las decisiones de las comisiones académicas para calificar a los/as aspirantes a cátedra? Las docentes reprochan que su composición no es siempre paritaria, como exige la Ley 3/2007 (Capítulo II, artículo 53).

Castaño resalta que esta obligación «se toma muchas veces a chanza, y es crucial para que no operen los micromachismos». Martínez menciona que la probabilidad de promoción a cátedra de una mujer frente a un varón cae un 14% si hay «un evaluador varón adicional» en esa comisión, y lamenta «la penalización especial en esta última etapa de nuestra carrera, la que nos habilita para alcanzar el máximo nivel en nuestra profesión».

«No es cierto que los procesos solo sean de méritos, sería así si se utilizasen currículums ciegos, sin saber el sexo de la persona valorada», insiste Castaño. A este respecto, la secretaria nacional de Igualdad del sindicato CSIF, M.ª Ángeles Mur, subraya que «la Administración debería dar ejemplo, ser un referente para la empresa privada y el resto de la sociedad, promocionando a sus profesionales hasta donde quieran llegar».

Dos mujeres cada diez cátedras

Dos mujeres cada diez cátedras significa que por cada ocho hombres que aspiren a ser rectores, solo tendrán la opción dos mujeres El paternalismo que observan las docentes es un hecho para Mur: «Hay una cierta desconfianza por parte de los que dirigen la comunidad universitaria a la hora de apostar por ellas para puestos de responsabilidad. Piensan que cuando sean madres renunciarán, que priorizarán su rol maternal por encima de su carrera profesional».

La catedrática de la UCM utiliza el término gatekeepers (guardas en inglés) para denominar a «grupos de poder, presentes tanto en la empresa como en el mundo de la universidad o la ciencia, que definen, de forma no objetiva, qué es excelente y qué queda fuera, y en esas decisiones tienen mucho peso sus propias redes personales, sus propios intereses e incluso sus manías».

«La proporción de dos mujeres cada diez cátedras significa que por cada ocho hombres que aspiren a ser rectores, solo tendrán la posibilidad dos mujeres», apunta Prados.

La decana de Derecho de la UBU habla de «círculo vicioso» para explicar que si las mujeres «no realizan o no acceden a determinadas actividades y cargos, sus currículums no son los adecuados y, por tanto, no obtienen la acreditación a cátedra». Prados alude al único retrato de una decana presente en la sala de juntas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM tras su medio siglo de existencia; es el de Josefina Gómez de Mendoza, también única rectora de la UAM hasta el momento.

Según el Ministerio, las mujeres son el 49,9% del profesorado universitario menor de 49 años. Por lógica, el número de catedráticas debería aumentar exponencialmente en los próximos años, pero hay datos para el desánimo, como el pronóstico de la Unidad de Igualdad de la UAM, que calcula que harán falta 30 años para que la presencia femenina se equipare a la masculina. Entre las entrevistadas, el optimismo es moderado. Mar Jimeno resalta la dificultad especial de las ramas científicas por «la gran competitividad existente».

Lourdes Prados cree que «queda mucho por camino por recorrer». Isabel Martínez duda de «la igualdad real» y resalta «el retroceso en políticas de igualdad de los últimos años». Cecilia Castaño desconfía de que las cifras crezcan de forma «sostenida» y demanda que la universidad pública fije objetivos para «incrementar los porcentajes de mujeres» siguiendo el ejemplo de instituciones europeas y estadounidenses. Y Teresa Carrancho invita a sus compañeras a «no desanimarse por duro que resulte tener que defender día a día nuestra capacidad y nuestro compromiso con el trabajo».