Tsipras, Hollande y Merkel.
Tsipras, Hollande y Merkel durante una reunión. EFE

Lo que a finales de 2014 parecía un camino de redención se ha convertido en un tortuoso sendero al calvario. Grecia y las instituciones –la antes llamada troika, compuesta por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea– apuran los plazos y la paciencia para tratar de alcanzar un acuerdo que salve al país heleno de la bancarrota.

Un pacto in extremis, cada vez más lejano, que otorgaría un respiro de liquidez al Gobierno de Alexis Tsipras a cambio de reformas –fiscales, del mercado laboral y del sistema de pensiones– que calmarían a los socios. Un acuerdo, sobre todo, que permitiría a los acreedores cobrar y a Grecia mantener parte de sus promesas hechas al pueblo griego. No, no es 2012, es 2015. La música es diferente; la partitura es la misma.

Grecia quiere una solución política; Europa, en cambio, un acuerdo técnico El compromiso, tras el acto fallido del domingo, está cada vez más lejos. Cuando en febrero Grecia y las instituciones acordaron posponer los vencimientos hasta finales de junio, nadie esperaba que las negociaciones se fueran a enquistar tanto. Han sido cuatro meses agrios, de cumbres noctámbulas, juego sucio y malos entendidos. Por el camino, una hilada de adjetivos cruzados que emponzoñan el horizonte: obstinados, saqueadores, populistas, incumplidores…

Yannis Varufakis, ministro de Finanzas de Syriza, quien a pesar de haber sido decapitado del equipo negociador sigue siendo la mejor baza moral con la que cuenta Tsipras, ha vuelto a pedir esperanza para su país. En un reciente artículo rememora el cambio de actitud de la comunidad internacional hacia Alemania durante la Guerra Fría para pedir el mismo trato ahora para su país. Un ejemplo más de que la retórica cuenta. Grecia quiere una solución política; Europa un acuerdo técnico.

¿Por qué se ha llegado, de nuevo, a una situación límite?

En enero Grecia ponía fin a cincuenta años de bipartidismo. Syriza, formación de izquierda radical, lograba el apoyo abrumador de los ciudadanos gracias a un programa anti-austeridad. El simbolismo de sus primeras medidas, tanto políticas (readmisión de funcionarios, subida del salario mínimo, reapertura de la televisión pública) como mediáticas (estrechamiento de lazos con la Rusia de Putin, ministros sin corbata, reclamaciones de guerra a Alemania) suscitaron tantos temores como esperanzas.

Pero lo sustancial, con todo, era el nuevo tiempo de negociaciones que se abría entre los gobernantes griegos y los acreedores internacionales. A finales de 2014 Grecia había salido de la UVI macroeconómica. Un superávit primario, insuficiente pero alentador, y una bajada de la tasa de parados, insuflaban optimismo. Enfrente, un 2015 lleno de pagos, extinciones del anterior rescate y nuevas inyecciones millonarias para mantener al país en la senda de la recuperación.

El designado por el nuevo primer ministro para comandar las negociaciones (la gran baza electoral de Syriza fue la promesa de recuperar el orgullo nacional hurtado por la troika) fue un intelectual de prestigio internacional, Varufakis. Un experto en teoría de juegos y, como se vio en seguida, un sagaz retórico. Pero su desigual desempeño durante los primeros meses, varias polémicas extrapolíticas y la sensación de que su actitud beligerante no ayudaba a la causa, llevaron a Tsipras a relevarle del primer plano negociador.

¿Está todo abocado al fracaso? No del todo, la gente sigue prefiriendo un acuerdo y quiere permanecer en el euro Pese a este cambio de cromos, las negociaciones con las autoridades europeas y el FMI seguían sin carburar. Las exigencias de Atenas, en una posición de partida teóricamente más débil, no sentaban bien a unos acreedores necesitados de justificar ante las opiniones públicas el millonario desembolso de estos años. Porque, a diferencia de lo que pasaba en el primer rescate, la deuda griega ya no está en manos de los bancos alemanes y franceses, sino de los Estados. Y si estos pierden –Alemania por ejemplo, en un impago total, podría dejarse 85.000 millones– los gobiernos tendrán que rendir cuentas a sus ciudadanos.

Ha sido precisamente a las puertas del verano, el periodo más crítico del año para las arcas de Grecia, en el que el Tesoro debe hacer frente a multitud de pagos, tanto al FMI (1.900 millones el 30 de junio) como al BCE (3.500 millones el 20 de julio), cuando las negociaciones han entrado en barrena. Grecia ha perdido parte del crédito logrado en el último año. El paro ha vuelto a subir, las inversiones se han congelado y el superávit primario se ha esfumado. Además, la fuga de depósitos no cesa y la Bolsa está en caída libre. La recesión ha regresado a Atenas en el peor momento.

La mutua intransigencia (el FMI se levantó de la mesa de negociaciones hace solo unos días y la CE ha sacado la artillería pesada) unida a una retórica cada vez más enconada (Tsipras ha vuelto a llamar "saqueadores" a los representantes de las instituciones) hace que a pocos días para vencimiento de obligaciones, no parece que haya Eurogrupo al borde del abismo que reconduzca la situación. ¿Está todo abocado al fracaso? "No del todo", responde en un artículo Stathis N. Kalyvas, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Yale, "una mayoría prefiere llegar a acuerdos, quiere seguir en el euro y alcanzar la estabilidad".

¿Cuáles son los principales puntos en discordia?

La desinformación se ha convertido, en las últimas etapas de la negociación, en la protagonista. A pesar de todo, la 'hoja de ruta' sobre las demandas a Grecia por parte de los acreedores está clara. Como informa Pablo R. Suanzes, corresponsal de El Mundo en Bruselas, son cinco los pilares que fundamentan las discusiones. El primero, un ajuste fiscal que lleve a Grecia a un superávit del 2% en 2016; el segundo, la recaudación de tributos (subida del IVA); el tercero, la estabilidad del sistema financiero; el cuarto, reformas estructurales en el mercado laboral. Y por último, el quinto, modernizar el sector público.

Pero, sin duda, el principal caballo de batalla negociador es el sistema de pensiones. Aunque las pensiones griegas son de las más bajas de toda la UE, el gasto global en pensiones es el más alto (más del 17% del PIB del país). En años pasados el Estado ya ha hecho un esfuerzo para remodelar el sistema, pero Bruselas pide más. Exige un recorte del 1% del PIB en este campo hasta 2017. También, como señala el corresponsal en Atenas de El Confidencial, Óscar Valero, menos jubilaciones anticipadas y una reforma de los fondos para cambiar la forma en que los sueldos de los pensionistas –sostén de muchas familias durante la crisis– se abonan.

La mayoría de los actores implicados consideran que la pelota está en el campo griego ¿Posiciones irreconciliables? Así lo creen algunos observadores internacionales, como el influyente semanario The Economist, que menciona grietas en el apoyo de los ciudadanos a Syriza, cansados ya de unas negociaciones sin final aparente. En cualquier caso, lo cierto es que la mayoría de actores directa o indirectamente involucrados  en el drama griego señalan que la pelota está el tejado de Grecia. Que es Tsipras quien debe convencer y no a la inversa.

Por otra parte, la sempiterna propuesta de Varufakis, un préstamo a 30 años dado por el MEDE a bajo interés y la compra de bonos por el BCE choca con las reticencias de los socios europeos, sobre todo Alemania. Aunque en medio de todo este monumental lío, el FMI parece haberse alineado con el ministro en su idea de una reestructuración de la abultada deuda griega. Anuncios de concesiones que, en cualquier caso, deben tomarse con cautela.

En un último movimiento, Varufakis –que sigue siendo con Tsipras el ariete hegemónico del Ejecutivo– aseguró el lunes que su Gobierno no iba "a firmar una prórroga de la crisis". Según el ministro no habrá prolongación del rescate en curso, y la clave para la solución del conflicto sería hacer tabula rasa y "empezar de cero con un nuevo rescate rescate". Declaraciones que alimentan con más leña el fuego del Eurogrupo de este jueves.

¿Del 'Grecovery' al 'Grexit' o un plan B?

Lejos queda ya el juego de palabras con el que se quería constatar que Grecia salía del atolladero. Al entusiasta Grecovery –la vía griega a la recuperación– le ha vuelto a sustituir el pesimista Grexit. La salida, ordenada o no, de Grecia de la zona euro. Una posibilidad que, junto con la bancarrota, no está descartada. Un déjà vu que nos devuelve a la casilla de salida de la crisis, aunque con matices. ¿Existe un plan B, o un atisbo de posible plan B en caso de que los peores temores se confirmen?

La UE está hoy, en 2015, más preparada para afrontar una eventual salida de Grecia del euro La existencia de una solución alternativa que desbloquee las negociaciones no está confirmada por ninguna de las partes. Todo lo más, hay rumores. También escenarios, propuestos por economistas o por los propios actores como medida de presión para que se acepten sus postulados. Lo cierto es que la UE está hoy, en 2015, más preparada para afrontar una eventual salida de Grecia del euro –que habría de ser forzosamente también una salida de la Unión– gracias a los mecanismos de refuerzo implementados durante los años de crisis.

Cortafuegos que pudieran no ser suficientes. Las Bolsas de España e Italia, así como sus primas de riesgo, están estos días acusando el desgaste por la incertidumbre de tantos meses. Un mal augurio. Además, no se puede obviar una parte importante de la ecuación. Si la Eurozona se rompe, el fracaso político de Europa sería mayúsculo, y las repercusiones a nivel diplomático y geopolítico serían difíciles de digerir. Pero, con todo, hay alternativas a un default masivo.

Está, por un lado, lo que los economistas bautizan como un 'default ordenado'. Controles de capitales y supervisión estricta del BCE. Por otro lado, también existe la posibilidad de diseñar una moneda paralela (llamada técnicamente IOU, pagarés a deber, por su siglas en inglés) con la que pagar a funcionarios y pensionistas, y reservar los euros vía impuestos para ir devolviendo los créditos al FMI, el BCE y los Estados. Sin embargo, esta última posibilidad, según economistas citados por el diario Financial Times, no es sostenible a largo plazo. El plan B, de haberlo, se conocerá sobre la bocina.