Exposición 'Cabañas para pensar'
Cabaña en la que Virginia Woolf y su marido pasaban los veranos. La cabaña no tenía ni baño ni agua caliente y estaba situada en Sussex Oriental (Inglaterra). Eduardo Outeiro

Los gritos de los vecinos se escuchan claramente a través de la pared, el ruido constante del tráfico es insoportable y la concentración se escapa por la ventana a ritmo de claxon. Es imposible acabar de escribir el texto. La biblioteca no es mucho mejor: conversaciones susurradas, el chirrido intermitente de sillas arrastradas y multitud de desconocidos pululando alrededor.

El trabajo creativo no es sencillo, hasta la tarea más nimia requiere cierta inspiración, calma e incluso soledad. Ese es el motivo que llevó a algunos de los grandes pensadores de la historia a buscar lugares apartados de la escandalosa urbe que les permitieran contactar con sus musas. No son pocos los artistas, filósofos y escritores que convirtieron sencillas cabañas ubicadas en plena naturaleza en templos de retiro físico y espiritual.

Esa idea ha sido el germen de la exposición Cabañas para pensar, una muestra fotográfica que analiza la relación de célebres creadores con sus entornos ideales. La exposición, que podrá verse hasta el 31 de mayo en la sala Juana Mordó del Círculo de Bellas Artes, se compone de imágenes, planos, maquetas y reflexiones sobre los espacios de creación de figuras como Gustav Mahler, Virginia Woolf o Lawrence de Arabia.

Todos ellos buscaban lugares íntimos en los que volver a los orígenes, alejados del incipiente boom tecnológico de principios del siglo XX y que posibilitaran un retorno a la naturaleza. Algunas de las cabañas se encontraban en lugares remotos y no tenían luz eléctrica ni agua corriente. También coincidieron muchos de ellos en el repentino interés por la agricultura y la jardinería. Esta sensibilidad por la vegetación de su entorno está representada en la exposición con muestras de hojas y plantas de los alrededores de cada una de las moradas.

Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción

Uno de los ejemplos más curiosos de este gusto por la naturaleza es el del cineasta Derek Jarman, quien tras ser diagnosticado de VIH decidió irse a vivir una pequeña cabaña de pescador junto a una central nuclear. A pesar de ser un entorno poco idílico, Jarman se obsesionó con construir un jardín que además llenó con esculturas que él mismo iba haciendo. El lugar acabó siendo la localización de su película The Garden.

En cuanto a la austeridad, llama la atención del caso de la escritora Virginia Woolf, que se retiraba a pasar los veranos a una casa de Sussex Oriental (Inglaterra) en la que no había ni baño ni agua caliente. "Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción", aseguraba la autora de La señora Dalloway, una de las grandes obras de la literatura universal. Sin embargo, Woolf no es el caso más típico de pensador con impulsos anacoréticos, ya que no optó por la soledad total sino que siempre estuvo acompañada por su marido.

Aún menos radical fue George Bernard Shaw. El escritor irlandés construyó su cabaña escondida entre el follaje de su jardín. Era pequeña pero tenía electricidad, calefacción, alarma y una base giratoria que permitía rotar su estructura siguiendo la luz del sol. Además, ese diminuto refugio que le permitía evitar visitas indeseadas disponía de teléfono, un invento que suponía todo un lujo a principisos del siglo XX y a través del cual su mujer le avisaba de que la comida estaba lista.

En el extremo opuesto de Shaw se encuentra el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein. Su ansia por alejarse radicalmente de la civilización le llevó a construir una cabaña con vistas al lago de Skjolden, en Noruega, un refugio rústico situado sobre un fiordo que le proporcionaba una soledad casi extrema. Sólo iba en momentos muy cortos y muy espaciados en el tiempo, pero que fueron vitales en su obra. Allí remató la versión definitiva del Tractatus. "Fue el único lugar donde pude estar realmente tranquilo", dijo.

El compositor Edvard Grieg también optó para su retiro por una cabaña a las orillas de un lago noruego, el Nordas. Allí acudía todos los días para estar en soledad con sus ideas musicales, ya que el más mínimo ruido rompía su concentración. Por la noche, siempre dejaba en su escritorio una nota en la que ponía: "Si alguien irrumpiese aquí, por favor no toque el material musical. Sólo tiene valor para Edvard Grieg".

El compositor Gustav Mahler terminó su Cuarta Sinfonía en una de las tres cabañas que habitó a lo largo de su vida, el escritor Dylan Thomas escribió algunos célebres poemas en una que construyó elevada sobre pilares en una escarpada colina sobre el mar y el filósofo Martin Heidegger dio a luz a algunos de sus más famosos escritos en una pequeña cabaña en las montañas de la Selva Negra, al sur de Alemania. Heidegger creía que la experiencia más intensa del pensar tal vez sólo es posible en un humilde refugio.

La búsqueda del contacto con la realidad

Junto a ese ánimo de volver atrás, el retiro también tiene como objetivo un cambio de pensamiento, una mutación o renacimiento creativo ligado al entorno, que está demostrado que influye profundamente en el ritmo, la estructura y el contenido de una obra.

Esta importancia del entorno hace que, en esta exposición, los exteriores tengan mucha más importancia que los interiores. "A algunas de estas cabañas no se puede acceder porque todavía son campañas privadas, que pertenecen a la familia. A pesar de eso, nuestra voluntad era darle mucha más relevancia al contexto paisajístico, a la naturaleza que rodea la cabaña. Es muy importante siempre el exterior porque cuando uno va a una cabaña no lo hace sólo para buscar el aislamiento sino para buscar una relación con la naturaleza", explica Alberto Ruiz de Samaniego, uno de los comisarios de la muestra, a 20minutos.

Desde el inicio del siglo XXI para acá hay una vuelta a la experiencia de la cabaña

"Cien años después, el desarraigo tecnológico del que hablaba Heideger se ha multiplicado exponencialmente. Él todavía escribía a mano y necesitaba papel, la escritura contemporánea ya no depende casi de la mano ni del papel. Ni siquiera la imagen, que también está mediada o hipermediada por pantallas y píxeles y unos y ceros. De este modo, la sensación de que nos hemos separado de lo material, de lo real y de que todo se abstrae y se desmaterializa es mucho más intensa hoy día. Esta exposición en cierta manera muestra un síntoma de eso y un deseo, el de retornar a ese estado de inocencia salvaje o a ese contacto con la realidad que se ha perdido", desarrolla el comisario.

La explosión tecnológica está motivando un retorno a la idea del retiro físico y espiritual. "Desde el inicio del siglo XXI para acá hay una vuelta a la experiencia de la cabaña. Por ejemplo, nunca como hasta ahora se ha editado tanto a Thoreau, quien defendía esta idea. En los últimos dos años se han editado multitud de textos suyos, cuando hasta hace poco era un gran desconocido en España. Eso significa que hay un interés muy claro que tiene que ver con modas como el movimiento hipster por ejemplo, que en cierta manera también busca ese retorno a los orígenes, ese retorno no interferido", desarrolla Ruiz de samaniego.

"Tal vez no sea ya una solución la de escapar a la naturaleza salvaje, es posible que cada uno se construya su cabaña dentro de su propia vida urbana. Cuando vas en el metro o por la calle puedes ver a mucha gente con sus cascos, escuchando música, totalmente abstraída de lo real. Están haciendo su pequeño vacío, están haciendo su pequeña cabaña sonora, para aislarse y tomar distancia con la brutal realidad", sentencia el profesor de estética en la Universidad de Vigo y director de la Fundación Luis Seoane.