Pregunta del Millón
¿Qué epitafio escribirías en tu tumba? CARLOS PAN

Frases extrañas, salidas de tono, juergas gramaticales en el cementerio. Irónicos, sagaces, intrigantes... nuestros lectores quieren dejar huella incluso en la tumba. Por sus lápidas los conoceréis. 

Recién difunto. ¿No tiene quién le escriba? ¿Teme que en su tumba acabe por leerse esto: Aquí yace José Luis, buen padre y felicísimo esposo? Error. Menudo epitafio. Acaba de recibir dos mil No me gusta con la rabia del grafiti. Su tumba no la visitará ni el sepulturero. Los gusanos la esquivarán. El cementerio es como una red social, calladita, pero afluida. Tiene un público fiel. Y debe llevarse bien con el enterrador, es el tipo que controla.

Un epitafio no tiene por qué ser aburrido, ni tampoco debe nombrar al cura (que, por cierto, cobra) o a los cielos eternos. Parezca simpático, está difunto. ¿Qué puede perder? En la muerte existe el marketing (pregúntele a los de la funeraria). Aproveche el tirón de su lápida nueva. Alegre al enterrador. Honre al gusano. No estamos hablando de cinco minutos de gloria, sino de la eternidad completa.

Humor, ante todo

Practique el arte de escribir los mejores epitafios. Permanezca en sus retinas tan molesto como un escupitajo. Sabe perfectamente que el vivo no está en el chollo. Si sigue estos consejos puede acabar convertido en una estrella del cementerio.

Lo primero que debe hacer es saber mantener el humor aun estando muerto. Y soltar: “Hasta el infinito y más allá”, que es la frase que le gustaría poner a Isabel para sorprender a sus visitantes. Debe cogerlos por sorpresa con su última ocurrencia. Robarles la sonrisa o dejarlos con la intriga. “Te veo pronto”, dejaría escrito Penélope Álvarez. Muy efectivo. Mal rollito. Haga como Groucho Marx y su “Perdonen que no me levante”. Y añada, como Martín Mújica, “Estoy descansando”. Puede subir el tono, si lo desea, y ser algo más irónico: “Perdonen que les haya hecho venir hasta aquí, pero en el último momento decidí incinerarme”, como haría Edgardo Galetti.

“Hasta el infinito y más allá”, que es la frase que le gustaría poner a Isabel para sorprender a sus visitantesSiga siendo un misántropo si quiere. “RIP. Cuantas menos visitas, menos molestias”, asegura que pondría Mongos. O puede recurrir al refranero popular, que siempre es un acierto. “Aquí yaces y yaces bien, tú descansas y nosotros también”, como Silvestre Talone. O incluso ponerse de lo más optimista: “Yo vi la décima y a Pablo Iglesias de presidente”, dice Antiguo Usuario. O si lo prefiere, puede ponerse tan serio como un viejo romano, que siempre luce, incluso en los nichos con flores de plástico: “Feci quod potui. Faciant meliora potentes (Hice lo que pude, que lo haga mejor quien pueda)”, nos recuerda Xan de Cova, para acto seguido romper toda la solemnidad del Senado, a lo bruto, cuchillo en mano: “Aquí yace un recortado de la Seguridad Social, de la funesta era pepera, víctima de su cirugía low cost”.

Como ve, hay tanto estilos como gustos moribundos, pero tampoco es para ponerse tan trascendentales por algo tan nimio como la muerte, que no deja ser un trámite más rápido e indoloro que darse de alta de la cuota de autónomos. Así que mejor escribir con estilo: “Me tomo la última y me voy”, dice Trasto77. O un “el cuerpo me pedía tierra”, que firma Piraña. Y si quiere apostar por lo espiritual siempre puede añadir lo que escribiría Bentham: “Si veo a Dios os aviso por WhatsApp”.

En ocasiones es mejor asustar al personal, que nunca se sabe con qué intenciones viene; hay mucho tío raro por los cementerios. “Aquí yace la maldición de Tutankamón, no os metáis conmigo, malditos bastardos”, amenaza Cavanillo Rampante. Mejor: “No me toquéis los ovarios, que los tengo hechos polvo”, dice Cleopatra VII. O un perfecto “Estoy aquí en contra de mi voluntad”, le gustaría rubricar a Isabelium. “Soy zombi. Corre, carne fresca”, avisa Román.

Como puede observar, si su epitafio aburre es porque a usted le da gana. Tal vez sea lo mejor, no fuera que se le llene de visitas el campo santo, acabe su tumba llena de colillas y los desaprensivos le roben las flores para regalárselas a sus conquistas. Mejor una declaración de principios, un grito de la ultratumba, un mensaje claro y diáfano. “¡Sacadme de aquí!”, gritaría Gengibrito. O “No os libraréis de mí tan fácilmente”, como amenaza María José Sánchez. Y si nada de esto le convence, siempre tiene el muy efectivo epitafio de Alicia Vázquez: “No me pongáis flores, plantadme zanahorias por si me da el hambre”. Ante todo, hay que ser pragmático. Feliz eternidad. No se levanten.