Según me cuenta mi padre, el ambiente en el búnker se encuentra enrarecido. Los horarios del Führer son de locura. Duerme unas pocas horas del día y por la noche reúne a sus generales. En algunas partes del refugio subterráneo, a veces celebran fiestas en las que se embriagan y mantienen relaciones sexuales con absoluta promiscuidad. El estado de Hitler es cada vez más deteriorado, sobre todo ahora que ha despedido al doctor Morrell hacia el sur. Se ha quedado sin su ración de sedantes mórficos que le aliviaban los dolores que sufría desde el atentado del 20 de julio del año anterior, protagonizado por Von Staunfenberg. El temblor en su mano izquierda es ostensible y se la tiene que sostener en la diestra. Ha perdido el pudor de mostrarse en público con gafas y se encoleriza ante cada nueva defección. Mientras, aún se confía en la intervención del grupo de ejército de Steiner, que opera, teóricamente, ante el mariscal Zhukov, cuya estrategia de iluminar el campo de batalla con potentes focos y una niebla artificial ha ocasionado más víctimas entre sus filas que en la de sus adversarios. El primer asalto a Berlín queda pues paralizado. Pero el grupo Steiner no existe más que sobre el papel, ya que se trata de unas cuantas unidades desperdigadas y carentes tanto de coordinación como de munición y fuerzas de refresco. Los traidores del 20 de julio han sido ajusticiados. Cerca del búnker combate una compañía reforzada de las Waffen SS, al mando del teniente Miguel Ezquerra, ex miembro de la División Azul, así como el alférez Ocaña que lucha junto a él. Mientras, en la prensa barcelonesa una importante empresa frutera ofrece el reparto de sus productos a domicilio con precios de al por mayor.

Mañana: Traidores de la patria