Isaac Rosa
Issac Rosa acaba de publicar 'La habitación oscura' Marta Velasco

Oscuridad total, un grupo de treinteañeros rozando la cifra temida, una vuelta atrás para recordar aquel refugio fortuito en el que todos se encontraban con todos sin palabras quince años antes, sólo con gestos, caricias, besos, movimientos. Más. Mucho más. Permiso para todo: la oscuridad no delata. Hasta el parpadeo de los ojos se escucha. Silencio, negro. Así arranca, sigue y... (el final no se puede contar) la última obra del autor de El país del miedo.

El título de esta nueva novela de Isaac Rosa, La habitación oscura (Seix Barral), no es metáfora: todo sucede en un cuarto sin luz (ni una gota). La luz que le falta a la generación por Isaac llamada "estafada" y por otros "perdida", y que es el personaje central de esta ficción de la que no es posible salir sin cicatriz. 

¿Tiene la sensación de que en esta novela se ha superado?
Teniendo en cuenta que estoy en maduración y aprendizaje, sí, creo que es mi mejor obra.

Nos estamos empezando a dar apoyo y a dejar de contar con quienes no van a hacer nada por nosotrosSorprende que tras letras tan maduras esté alguien nacido en el 74...
Bueno, si te digo la verdad, esta novela me ha costado muchísimo escribirla.

Dijo usted en 2011 a este medio: "Lo de los profesores tendrá consecuencias graves. Hay que plantarse ya". Vaticinio más que cumplido, ¿no?
Sí, en educación, pero también en sanidad... en fin, en todo. Y todo por no habernos plantado.

En su novela queda en el aire si hay que plantarse o no, ¿qué piensa el Isaac Rosa ciudadano?
En el libro es intencionado dejarlo todo en el aire: que el lector juzgue lo que es aceptable y lo que no. Cuáles son las líneas rojas. Personalmente para mí los únicos que las hemos respetado, las líneas rojas, somos los ciudadanos. Ahora, que nos dicen que hace cinco años de la crisis, es decir: 2008, yo me pregunto: ¿dónde están las líneas rojas que teníamos en ese año? Era impensable que te recortaran un 25% el sueldo o que no hubiera becas. Y mientras eso sucede, nosotros, los ciudadanos, seguimos jugando con las reglas de la democracia. Porque el resto las han pisado todas.

¿Usted las pisaría?
Muchas veces me planteo si lo estamos haciendo bien o hay que romper algo. No hemos conseguido parar nada. Pero y si alguien lo rompe, ¿qué pasará entonces? La frase que tanto oímos últimamente, "El miedo va a cambiar de bando", y que nadie entiende del todo, me lleva a preguntar: ¿quién lo hará?

¿Le parece que la gente está demasiado tranquila?
Sí, por eso se criminalizaron tanto los escraches. Yo pensaba si por estar delante de la casa de una ministra y marcharnos pacíficamente estábamos traspasado la línea, entonces ellos... Si ésta es para ellos la línea roja... Deberían agradecernos lo tranquilos que estamos, nuestra actitud tan pacífica.

Muchas veces me planteo si lo estamos haciendo bien o hay que romper algo¿Y no cree que en parte estamos tan quietos porque la de los treinta y cuarenta años es una generación que no ha aprendido ni ha sido educada en la solidaridad?
Nuestra generación está desarmada por varias razones. Hemos crecido en democracia sin necesidad de resistir. Somos incapaces de pensar en términos colectivos. Y además está el miedo, no contábamos con esto. Y tal vez sea por la exaltación del individualismo de los 80 y los 90. Todo giraba en torno al éxito individual.  Y seguimos un poco así.

Además nos creímos que el futuro sería mejor que el "...y fueron felices y comieron perdices" de los cuentos más edulcorados. ¿También eso nos ha perjudicado?
Sí, pero es que además nuestra generación ni siquiera ha llegado a conocer ese futuro dorado que se nos prometía. Apenas lo hemos tocado con la punta de los dedos. Tenemos nostalgia de lo que podíamos haber sido.

La habitación oscura tiene tantas interpretaciones que da miedo apuntar una...
Como un refugio, ese sitio donde sales del mundo un rato. La hipervisibilidad de este mundo es agotadora. Parece imposible dejar de ser 'fuera'.

¿Necesita Isaac Rosa una habitación oscura?
Supongo que tengo mis propias habitaciones oscuras. Todos intentamos tener nuestro propio búnker, pero son débiles y pequeños porque son demasiado individuales. Así que se vienen abajo a la primera de cambio. Y no son tiempos de refugio, hay que salir afuera.

¿Se ha encerrado usted en un cuarto totalmente a oscuras?
Sí, lo he hecho mientras escribía. Y sientes una mezcla de inquietud y fascinación. La oscuridad tiene ambas cosas. Es como que te venden los ojos: sirve igual para una tortura que para un acto sexual.

También se mete en el espionaje informático pero llevado al ámbito laboral, ¿por qué?
Porque me interesa el control que las empresas están haciendo. Es un no debate. Echo de menos un debate. ¿Hay línea roja? No, se ha extendido la invasión tecnológica. Se disfraza todo como mejora y más productividad, pero es para vigilar y que los trabajadores se sientan vigilados. Lo que genera miedo es saber que te pueden ver y eso es lo que está sucediendo. No sólo las agencias de espionaje espían, nuestras empresas también pueden hacerlo, y puede que lo hagan. Hemos vendido muy barata nuestra privacidad. Y hemos aceptado que puedan controlar lo que hacemos en nuestro ordenador.

La oscuridad tiene ambas cosas: es como que te venden los ojos, sirve igual para una tortura que para un acto sexual¿Y la esperanza dónde o en qué la ponemos?
A corto plazo soy muy pesimista: vamos perdiendo por goleada. No hemos cambiado ni la actitud ni las expectativas. Pero si pienso en más a largo plazo, veo que irán saliendo corrientes subterráneas que ya están haciendo cosas en barrios, hay colectivos que ayudan, proyectos interesantes. La fraternidad, una palabra que parecía perdida, se está recuperando. Nos estamos empezando a dar apoyo y a dejar de contar con quienes no van a hacer nada por nosotros. El estado no va a resolver nada, y tenemos que hacernos cargo y responsabilizarnos. No podemos esperar que nos rescaten, tenemos que ser nosotros los que salgamos.

Habrá quienes piensen que más que los de treinta y cuarenta han perdido los mayores o los de cincuenta...
No, ellos también, pero la nuestra es la más directamente afectada. Aunque estemos un poco como espectadores de lo que nos está pasando a nosotros mismos. Los pequeños ya se lo han encontrado así, no tienen nada que perder, y nosotros tenemos más miedo que los mayores. Nos paseamos como turistas por nuestro terremoto. No podemos culpar sólo a la banca y a la clase política. Ha llegado el momento de asumir que lo que nos prometieron es mentira. Y que el futuro es un lienzo en blanco y no el cuadro apocalíptico que nos pintan para que sigamos teniendo miedo.