Mujeres maltratadas relatan su infierno y animan a otras víctimas a denunciar a sus agresores y "volver a vivir"

María y Ana son dos mujeres víctimas de violencia de género. Sus nombres son ficticios, pero sus historias personales no pueden ser más reales. Ellas y sus hijos han sido maltratados física y psicológicamente por sus parejas y hoy, gracias a los diversos centros de acogida y recursos sociales por lo que han transcurrido en los últimos meses, pueden contar su infierno para animar a otras mujeres en su misma situación a que denuncien y "vuelvan a vivir".
Víctima De Violencia De Género Habla Con Una Trabajadora En Una Casa De Acogida
Víctima De Violencia De Género Habla Con Una Trabajadora En Una Casa De Acogida
EUROPA PRESS

María y Ana son dos mujeres víctimas de violencia de género. Sus nombres son ficticios, pero sus historias personales no pueden ser más reales. Ellas y sus hijos han sido maltratados física y psicológicamente por sus parejas y hoy, gracias a los diversos centros de acogida y recursos sociales por lo que han transcurrido en los últimos meses, pueden contar su infierno para animar a otras mujeres en su misma situación a que denuncien y "vuelvan a vivir".

"Tengo 43 años y llevo sufriendo maltrato desde que nací porque lo conocí con mi padre. Luego me casé y fue parecido, pero lo veía normal porque me crié así. Hasta que vi que mis niñas temblaban, fue cuando ya no lo vi normal". Así resume María, de 43 años, su vida hasta que hace unos meses, aconsejada por un cura y una directora de Cáritas, llegó a una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género en Sevilla.

Ahora, tras su paso por esta casa, según celebra, se encuentra "muy bien" y sus dos hijas menores (tiene otros tres hijos mayores de edad y que ya la han hecho abuela) están "muy tranquilas y relajadas" en el piso tutelado donde viven con otra compañera, algo impensable cuando su marido la maltrataba. "Aquí tenemos mucha protección, esto es como venir del infierno al cielo, hemos encontrado una nueva familia y una nueva vida", explica emocionada a los medios de comunicación tras reconocer que, aunque el "miedo no se pierde nunca", ahora se siente "supersegura" y que "nunca más" volverá a su vida anterior.

Y lo dice ella que tropezó "dos veces en la misma piedra". Tras tener a sus tres primeros hijos se separó durante 12 años de su pareja y después volvió con ella con la esperanza de que hubiera cambiado. Aguantó otros cuatro años de maltratos. "Una está ciega hasta que abre los ojos", dice mientras anima a las mujeres que pasan por esta misma situación a que "miren por ellas y, sobre todo, por sus hijos" y salgan adelante porque "merece la pena y hay muchas ayudas". "Si quiere de verdad sacar a sus hijos adelante y llevar una vida normal, puede, aunque sea sola, pero puede", afirma contundente María.

Su historia, aunque distinta, coincide en lo esencial con la de Ana. Con 39 años y dos pequeños, esta mujer recibió constantes amenazas de muerte por parte de su pareja, quien en una ocasión llegó a enviar a su casa un ataúd negro con su nombre y el de su hija. Cuando ya no pudo más, denunció a su agresor ante la policía y los propios agentes le hablaron de las casas de acogida y de los recursos que había a su disposición. En estos momentos, según ella misma cuenta no sin trabajo porque le cuesta verbalizar sus sentimientos, es una "mujer fuerte y guerrera". "Toda mi vida ha cambiado. Ahora soy un ser humano de verdad", sentencia.

Gran parte de culpa en este proceso de transformación personal la tiene el equipo de profesionales que la ayudan y asesoran en la casa de acogida donde reside. Lola Torrijo (asesora jurídica), María Eugenia de la Peña (trabajadora social), Laura Gallardo (responsable de la atención de emergencia) y María del Carmen Gómez (psicóloga) se han convertido en casi parte de su familia. Todas ellas han atendido a María y Ana —entre otras mujeres— desde el primer momento en que llegaron y son las responsables de que hoy hayan incrementado su autoestima, de que no sean dependientes respecto a su agresor, de que sus pequeños estén escolarizados, de que hayan encontrado un trabajo y de que tengan una vida lo más autónoma posible en compañía de sus hijos o de sus familiares.

El funcionamiento de las casas de acogida

En Andalucía, existen 52 casas de acogida como en la que viven o han vivido unos meses María o Ana. Además, la Junta de Andalucía cuenta entre sus recursos propios contra la violencia de género con nueve centros de emergencia —que dan cobertura inmediata a las necesidades de protección y seguridad de las víctimas con un periodo de estancia de unos diez días— y 17 pisos tutelados, en los que las víctimas, tras recuperarse en casas de acogida, viven con sus hijos de forma totalmente independiente y autónoma.

En total, son 78 centros (con 471 plazas) en los que, hasta el pasado 15 de noviembre, han sido atendidas un total de 2.051 personas (1.097 menores y 954 mujeres), un cuatro por ciento más que en el mismo periodo del año pasado.

A diferencia de los centros de emergencia, en las casas de acogida las mujeres suelen permanecer, según las circunstancias personales, una media de tres a cuatro meses. Según ha explicado y mostrado a los medios de comunicación la directora de la casa de acogida de Sevilla, Ángeles Anaya, estos centros disponen de una zona común —salón comunitario para reuniones u ocio, sala de juegos para los pequeños, almacén de alimentos, entre otras estancias— y de apartamentos individuales totalmente equipados, donde las mujeres viven con sus hijos.

Para garantizar la seguridad de las víctimas de violencia de género, todas ellas viven en una casa de acogida que no es de la provincia en la que residían, pero de la que pueden salir y entrar con normalidad siempre y cuando digan a los profesionales del centro adónde van y a qué hora prevén volver. Así, pueden llevar a sus hijos al colegio, salir a trabajar o a dar un paseo por la ciudad, algo que les ayuda a recuperar la confianza en sí mismas y en su futuro.

Pese a que el tiempo de estancia en estas casas variable, uno de los factores que más influyen para que puedan pasar a un piso tutelado, por ejemplo, es el encontrar un trabajo que les proporcione independencia económica. De esta manera, las mujeres van recuperando una vida "normal" y se van haciendo dueñas de su futuro. Un futuro, esta vez, sin malos tratos y vejaciones.

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