Fabián Orellana
Fabián Orellana, en un partido contra el Atlético de Madrid. GTRES

No se trata de qué jugador de fútbol te gustaría ser, sino de qué jugador de fútbol podrías ser. La diferencia es notable. Si el genio de la lámpara nos diera a elegir optaríamos por Messi o por Cristiano, dependiendo de las afinidades de cada cual. Pero esto es mucho imaginar, incluso para un genio. Tal vez no seamos zurdos, o si lo somos, lo más probable es que seamos endemoniadamente torpes. Tampoco es fácil que nos adorne un cuerpo como el de Cristiano, untado en aceite y repleto de abdominales. En el mejor de los casos, nosotros tendremos un abdomen, una pierna medio útil y, eso sí, unas enormes ganas de jugar el fútbol.

La pregunta sigue en el aire: sin pedir milagros, qué futbolista podríamos ser, a cuál llegaríamos a parecernos si nos retiraran las piezas viejas y nos añadieran alerones. No sé ustedes, pero mi cromo es Fabián Orellana. Lo expreso con orgullo, pero sin euforia, porque a mí me gustaría ser Kroos, alto y rubio como la cerveza, pases de treinta metros.

Asumido que carezco de genes germánicos, Orellana se me ajusta como la ropa de mi talla. Poco importa que yo no sea chileno, eso lo resuelve cualquier genio en prácticas. Lo importante es que, de haber sido futbolista, me veo con un tipo similar y una historia parecida a la del jugador del Celta. Brillante futuro, en el inicio. Así despuntó Orellana en el Audax Italiano, y no piensen los menos doctos que hablamos de un club transalpino, sino del club chileno Audax Club Sportivo Italiano, fundado obviamente por italianos, igual que fueron españoles los que fundaron el Unión Española y palestinos los que constituyeron el Palestino, todos en la Primera división de Chile, campeonato Scotiabank.

Orellana, entretanto, contribuyó decisivamente al ascenso del Granada y del CeltaSus audaces comienzos lo llevaron al Udinese de la familia Pozzo, el mismo club de promoción (léase especulación) al que llegó Alexis Sánchez en 2008 por 3,4 millones de euros (el Barça lo compró por 25). Orellana fue cedido primero al Xerez, luego al Granada (sucursal de los Pozzo) y después al Celta. El Udinese no le encontraba encaje, pero se resistía a venderlo. Quién no ha sentido esa mezcla de amor y rechazo.

Orellana, entretanto, contribuyó decisivamente al ascenso del Granada y del Celta, un mérito que vale tanto como un título (financieramente mucho más), aunque estas medallas sean invisibles. Aún hoy, el problema de los ojeadores internacionales es la indefinición de su juego: no es un goleador, ni un futbolista físico, ni un extremo puro. Podríamos afirmar que Orellana es todo lo demás: un agitador del ataque, una ganzúa, un regateador competente y un goleador oportuno.

Entre sus goles (no demasiados) hay algunos selectos, como el que le marcó a Argentina en la clasificación del Mundial de Sudáfrica ('El Histórico', le apodan desde entonces), o como los dos últimos que ha logrado con el Celta, un zurdazo con parábola ante el Ajax y un cabezazo espléndido contra el Deportivo. Admítanlo: si fuéramos futbolistas nosotros también seríamos estrellas de producción limitada.

No seríamos Messi o Cristiano. Ni siquiera Kroos. Pero seríamos felicesEl Celta se hizo con su ficha y lo tiene atado hasta 2019. Cuentan que el Valencia preguntó por él durante el pasado verano, pero Berizzo lo considera esencial: "Su talento nos abre el juego ofensivo". Contra el Depor, además de marcar un gol, acertó 34 pases de 36, lo que le valió entrar en el once ideal de la jornada. Las redes sociales, peculiar termómetro, se repartieron entre los elogios y los lamentos de la afición chilena: ¿Por qué no juega igual en la selección? Quién lo sabe. O tal vez no sea tan difícil averiguarlo. Todo futbolista (persona, mamífero) necesita sentirse importante.

Créanme, así seríamos nosotros en caso de que el fútbol y la naturaleza nos hubieran dado una oportunidad: hijos de un dios menor. Figuras de rango medio. Tipos con suficiente carácter como para hacer colección de tarjetas amarillas (31) o como para arrojar un pedazo de hierba a Busquets, el stopper del Barcelona. No seríamos Messi o Cristiano. Ni siquiera Kroos. Pero seríamos felices.

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