Coentrao y Cerci, el lado oculto de la luna

Cerci, en acción con el Atlético de Madrid.
Cerci, en acción con el Atlético de Madrid.
EFE

En Adiós al fútbol, el maravilloso libro del escritor y poeta italiano Valerio Magrelli, el autor describe el momento en que entendió que no debía volver a jugar a la pelota. Sucedió, ya mayorcito, cuando en un partido contra rivales más jóvenes observó lo que solo puede calificarse como una realidad dramática: cuando él tenía el balón, los chavales le dejaban pasar.

Magrelli fue testigo de uno de los muchos síntomas que recomiendan la retirada. Pero hay otros. Uno de los más hirientes tiene relación con la vestimenta. Ocurre cuando al enfundarte la camiseta y el pantalón correspondiente no pareces un futbolista, sino un señor disfrazado de futbolista. El interesado no advierte la trágica mutación hasta que no se descubre en una foto o en una película. La primera reacción es negar que aquel tipo seas tú. La siguiente es apagar el móvil, el ordenador o hacer saltar los plomos. Así es la vida: si nos vemos igual, es porque nos miramos poco y casi siempre en espejos amigos.

Coentrao jugó en El Molinón su primer partido como titular desde hacía 164 días, su quinto encuentro de la temporada. En las crónicas se destacó su excelente disposición, su buen ánimo y, en renglones perdidos, su aceptable partido. Sin embargo, nadie centró el foco en lo esencial: lo mal que le sentaba el uniforme. Cierto es que tampoco le ayudaba la estética capilar (homenaje a los 80), pero su apariencia general era la de un intruso. Como si el encargado de hacer el saque de honor no se hubiera retirado del campo. Creo que, además de su esforzada actitud, fue eso lo que nos hizo juzgarle más benévolamente. Cada subida de Coentrao era más de lo esperado y cada centro en carrera un pequeño milagro. Engañados por voluntad propia, nos sorprendimos por las condiciones del lateral oxigenado y llegamos a la conclusión de que los saques de honor deberían ser más largos. En el fondo, nos comportamos como esos muchachos que dejan vía libre al adulto con el balón. Que siga soñando.

Hubo otros sucesos en Gijón. Isco ganó los tres puntos y se los cedió generosamente al Real Madrid como quien dona una colección de arte. Y la metáfora es apropiada: el primer gol fue impresionista y el segundo impresionante. Ahora solo le queda encadenarse a un tilo para reclamar la titularidad.

Junto al Manzanares se escribió un nuevo capítulo de Últimas tardes en el Calderón. El Atlético venció a un Osasuna vencido y el público asistente volvió a desprender mucho amor, al club, a los jugadores, al entrenador a los recuerdos y a lo deliciosamente infelices que fuimos. Cerci no debe dar crédito. El estadio corea su nombre y no parece que sea únicamente por guasa. Para un club forjado en la adversidad, el italiano se ha convertido en un símbolo (mitad peluche), un emblema de la porca miseria con final feliz. Siempre hemos creído que el gol que servirá para levantar la primera Champions del Atlético lo tiene que marcar Fernando Torres, pero últimamente da la sensación de que también podría hacerlo Cerci. De momento, el uniforme le queda bien. Ahora solo falta que el balón le siente igual.

En el Camp Nou pudo ocurrir cualquier cosa y sucedió lo esperado: victoria del Barça. Si continuamos con los símiles pictóricos señalaremos que el partido fue un autorretrato: Messi con bodegón. La cosa empezó como un intento de asustar a la Juventus y acabó como un agónico ejercicio de supervivencia. La Real Sociedad puso en tantos apuros al Barcelona que el partido no invita a pensar en los milagros, si bien lo que distingue a los milagros es que son absolutamente imprevisibles. Por esa mínima rendija, juego con palabras y con balón, se cuelan las opciones culés de forzar la prórroga; no seamos lujuriosos.

A quien dijo que la vida es lo que nos pasa mientras hacemos planes le tomaremos prestada la frase para afirmar que la Liga es lo que nos ocurre mientras esperamos a la Champions. La semana que comienza es por entero europea y ni siquiera el Real Madrid puede fiarse porque a los alemanes siempre se les atraviesan las capitulaciones. Hasta que llegue el momento del pitido inicial les recomiendo soñar sin medida. Los jóvenes nos dejarán pasar.

Mostrar comentarios

Códigos Descuento