Cenicienta ‘forever’

Detrás de la parada, una sala de baile de rancio abuelengo (sic.), vestida de Orient Express para carrozas que han perdido ya casi todos los trenes. Dichoso transporte.

Dichoso ir y venir sin acabar de llegar a ninguna parte. De repente un perfume asesino me taladró la pituitaria y busqué a la culpable. Estaba junto a un lechuguino flacucho de bigote recortado y traje a rayas de los de la ley seca.

La cenicienta olorosa no perdía ripio de sus ojos vidriosos por algún que otro sol y sombra y un punto de cataratas. Entre los dos sumarían siglo y medio, pero a juzgar por su guisa y ademanes ninguno pasaría de los quince, tirando por lo alto.

«Qué tarde me has hecho pasar, Jacinto», y Jac, el Desflorador, sacó pecho e irguió la cabeza como un pavo real: «Pues anda que tú, chochín» (más sic.). Y la achuchaba hasta donde dejan el decoro y el fondo transparente de la marquesina. Vino su autobús (¿o tal vez fuera el tren?) y un sello de carmín certificó en la mejilla de Jac la gloriosa gesta vespertina.