Haro Tecglen en ‘Sol de España’

Las necrológicas sobre Eduardo Haro Tecglen me han obligado a releer Las manchas del leopardo (Rafael de Loma, 1994), una apasionante crónica del periodismo que se hacía en Málaga con el corsé de la censura. Mucho antes de convertir la columna Visto/Oído de El País en trinchera, Haro fundó y dirigió Sol de España, en Marbella.

Era un encargo del abogado madrileño Luis Zarraluqui, editor de España, periódico de Tánger que eludía la afilada tijera del Ministerio de Información y Turismo. Haro se trajo de África su Cadillac para repetir aquella aventura en 1967. Había un linotipista que era recibido con alfombra roja en los clubes marbellíes. Una factura de los servicios requeridos por este experto en composición le llegó al administrador, quien se negó a pagar.

El linotipista no creía haber hecho nada malo y pidió la mediación del director, en cuyo despacho se metieron ambos. «Supongo, Javier», le dijo Haro al linotipista, «que esa factura será para pagar la pensión o el restaurante». «No, director», contestó Javier. «Es igual, páguela; no será de una casa de putas», replicó Haro dirigiéndose al administrador. «Sí, director, es de una casa de putas», reconoció el linotipista. «Claro, claro, lo comprendo», concluyó Haro, sin alterarse y dándole visto bueno al dispendio.