La rebelión de las máquinas

Ayer tuve un día de esos en los que uno se siente que esta siendo protagonista de una cámara oculta, al llegar a casa fui al cajero a sacar dinero para salir a la noche, y hete aquí que casualmente el cajero se queda paralizado y termina por tragarme la tarjeta.

A continuación subí a casa y me puse a chequear mi cuenta de correo electrónico, pero por alguna de las casualidades de la vida, no tenía conexión a internet, algo que no me hubiese importado, pero después de estar esperando media hora a que reiniciasen el ordenador del cajero con la esperanza frustrada de que saliese mi tarjeta, mi estado anímico era todo menos amigable y paciente, y es entonces cuando añoré la época de las cavernas en las que todo funcionaba de forma manual, y es que hay días en que es mejor no levantarse.

Sin olvidar el metro, un ente inteligente que no sé cómo consigue averiguar en qué estación me voy a bajar para estropearse justo en la última parada. Así las cosas uno desearía ser el típico asceta que contempla la naturaleza, pero ciertamente mi espiritualidad si se caracteriza por algo es por su inexistencia. Con todo esto lo que pretendo es solidarizarme con todas las personas que les resulta más complicado programar un vídeo, la lavadora o cualquier otro aparato eléctrico que estudiar una carrera. No están solos, yo también soy otro de esos que no nació siendo un manitas.