Una comisión de monumentos

Hace unos días escribí acerca de lo complicado que es dar nombre a las calles, en este caso zaragozanas; ahora creo que es el momento de reseñar la afrenta que resulta tener determinadas estatuas o monumentos. Y para ello nada mejor que crear una comisión de sabios y sabias, asociaciones de vecinos y vecinas, de padres y madres, de abuelos y abuelas, de tutores y tutoras de taxistas y taxistos, incluso de frailes y frailas. Todos y todas ellas elegidas y elegidos con equidad.

Y que se pongan a la tarea de diseñar todas las obras o monumentos que puedan resultar ofensivos. Es decir, un monumento como ecléctico, conceptual, que no dañe a nadie, ya me entienden: algo así como tres hierros mal soldados y tres remaches de aluminio. Una especie de mecano que cada cuatro años se pueda cambiar y con nombres tan contundentes, rotundos y llenos de amor cívico que no tenga nadie narices a rechistar.