Las biografías diminutas de Jesús Marchamalo

Óscar Esquivias
ÓSCAR ESQUIVIAS ESCRITOR

El periodista y escritor Jesús Marchamalo se ha especializado en redactar unas biografías diminutas de sus escritores favoritos que se pueden leer (como este periódico) en menos de veinte minutos.

Todas están publicadas por la editorial Nórdica, caben literalmente en un bolsillo (tienen un tamaño de 10,5 x 15 cm) y van ilustradas con unos preciosos grabados de Antonio Santos. Los títulos, muy bienhumorados, parecen sacados de un catálogo de moda de la Maison Paquin: el primero fue Baroja con abrigo (don Pío siempre salía a pasear bien abotonado), siguió con Kafka con sombrero (ah, esa elegancia centroeuropea, con las calles de Praga al fondo), luego Pessoa, gafas y pajarita (esta un poco lacia) y ahora acaba de publicar El bolso de Blixen. Este elegante bolso pertenece, por supuesto, a la autora de Memorias de África, también conocida por su pseudónimo literario de Isak Dinesen.

Marchamalo es un experto en el arte de resumir toda la vida    en pocas palabrasMarchamalo es un experto en el arte de resumir toda una vida en pocas palabras. Sus descripciones son muy plásticas y certeras: algunas se me han quedado grabadas, como la del "bigotito isósceles" con el que retrata a Fernando Pessoa (ahora veo las fotos del poeta portugués con ojos geométricos y le doy la razón a Marchamalo). También tiene la capacidad de escoger las anécdotas más significativas de un personaje. Yo no sabía, por ejemplo, que las últimas palabras de Pessoa en su lecho de muerte fueron "Acércame las gafas", dirigidas no sabía a quién, pues ya deliraba. A mí me conmueve ese gesto tan humano, casi infantil, de querer llegar al otro mundo con gafas (y lo comprendo: como soy muy cegato, también tendría miedo de morirme sin ellas y llegar así a los paisajes de la Divina comedia con la visión borrosa y dando pisotones a Virgilio y a todo personaje que se cruzara por mi camino).

En el caso del librito sobre Karen Blixen (y su bolso), también he aprendido aspectos que ignoraba de esta escritora. Por ejemplo, que en cierta ocasión salvó su vida gracias a haber leído La reina Margot de Dumas. Resulta que Blixen bebió por error arsénico y, al sentir sus efectos, recordó que en la novela usaban como antídoto un batido de leche con clara de huevo. Lo tomó y se salvó (y luego habrá quien diga que la literatura no sirve para nada).

A mí me conmueve ese gesto tan humano, casi infantil, de querer llegar al otro mundo con gafasTambién desconocía que se enamoró perdidamente de un hombre que, sin embargo, no mostró ningún interés por ella, así que Karen terminó casándose con su hermano gemelo, el aristócrata sueco Bror von Blixen-Finecke. Parece muy buena idea esto de que nuestro amado tenga un gemelo de repuesto, pero en este caso el matrimonio fue un desastre. Con él se instaló en Kenia (donde tuvo su famosa granja, en las faldas del monte Ngong: aquí el cine, incluso a quienes no nos gusta mucho la película, nos obliga a imaginarnos a Karen con los rasgos de Meryl Streep, a su marido con los de Klaus Maria Brandauer y al amante con los de Robert Redford; de fondo, suena música de Mozart).

Blixen llegó a Kenia en 1913, con 28 años, recién casada, y abandonó el país en 1931, cuando ya era una mujer madura, tras la ruina de su plantación de café. Durante todos aquellos años africanos, nos cuenta Marchamalo, Karen seguía encargando sus trajes en París, donde la diseñadora Jeanne Paquin tenía un maniquí con sus medidas (el cuerpo de Blixen siempre fue el de un pajarito, huesudo y elegante, ingrávido).

Blixen murió en Dinamarca en 1962, a los 77 años. Fue la autora de cuentos y novelas resplandecientes, llenos de encanto, como Ehrengard o Vengadoras angelicales. Al parecer, lo último que escuchó en su tocadiscos fue música de Brahms. Marchamalo no nos dice qué obra sonaba (quizá nadie lo sepa; yo, al menos, no he podido averiguarlo). Si tuviera que escoger una obra de Brahms para despedirme del mundo, quizá sería el Quinteto para clarinete, con sus melodías melancólicas y apacibles, tan hermosas.

Y, desde luego, me dejaría las gafas puestas.

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