¿Qué demonios estamos comiendo?

¿Qué demonios estamos comiendo?

César Javier Palacios
CÉSAR JAVIER PALACIOS PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE

El otro día la bloguera Isasaweis nos sorprendía a todos en su Twitter con la foto de un paquete de pavo cocido de una conocida marca blanca. Pedía prestar atención al orden de las palabras. "100% carne de pavo", destacaba el envoltorio. ¿Todo pavo? Nada de eso. Vuelve a leerlo despacio, en su orden correcto. No dice que sea en su totalidad carne de pavo, sino que toda la carne que tiene es de pavo. En realidad, y como reconocía en diminutos caracteres la etiqueta, tan solo un 58%. "El resto, mierdas", concluía Isasaweis. Cris, una seguidora, echaba más leña al fuego de la carne: "Y no queramos saber qué partes del pavo.... ya te digo yo que pechuguita rica no". Evidentemente, de pechuga nada. "Eso no es sano", se escandalizaba Ally. Lola: "Qué manera tienen de engañarnos". Olivia: "Y así todo lo que comemos". Laura: "Mejor no leer". Sureña: "Tiene coj***s". Yo también comenté el tuit: "Mercadotecnia alimentaria, querida amiga".

Al final solo tres cosas nos quedaron muy claras. Una, que no leemos las etiquetas con detenimiento. Dos, que los publicistas siempre que pueden nos la clavan. Y tres, que no tenemos ni idea de lo que comemos.

El problema es nuestro escaso sentido crítico como consumidores. Más bien parecemos veletas que compramos tal o cual producto según por donde sople el viento de las modas. Buscan confundirnos, directamente engañarnos, para que consumamos sus productos pensando que son lo que en realidad no son. Y lo consiguen. Todo es una inmensa mentira. Pero esas mentiras dirigen nuestra compra y avivan nuestros miedos. Porque nunca antes ha existido una mayor seguridad alimentaria, nunca antes hemos gozado de una trazabilidad más impecable de los alimentos, y nunca antes hemos tenido más miedo a lo que comemos. De hecho, cada vez es mayor el número de personas que piensan que nos están envenenando, pero no lo están haciendo. Tan solo nos están engañando.

Como un tiro nos sientan, especialmente al bolsillo, esas zarandajas alimentariasChorizo sin colorantes ni conservantes. Querrán decir de origen sintético, porque el ajo y la sal que añaden a la carne son excelentes conservantes y el pimentón un fantástico colorante. Yo también prefiero ingredientes naturales, nutritivamente más completos, a los principios activos de laboratorio, pero que lo digan. Contiene solo conservantes y colorantes naturales.

Receta tradicional, de la abuela (mi abuela nunca cocinó con grasas de palma), conventual, mejorada, productos artesanos, caseros ¿de qué casa?, 100% naturales. Burdos reclamos para vender productos industriales que ni en su composición ni en su forma de elaboración son naturales, caseros, tradicionales o artesanos. Nuevas mentiras. Nuevos engaños para vendernos alimentos ultraprocesados, diseñados por ingenieros alimentarios, hechos en grandes naves industriales y en cantidades industriales, demasiado salados, dulces, grasientos, reforzados con potenciadores del sabor, mejorantes, edulcorantes y no sé cuántas basuras más. Eso sí que es malo para la salud. Eso sí que engorda. Zumos enriquecidos con vitaminas ¿para qué? Lácteos prebióticos, simbióticos, probióticos, pero también sin lactosa ni gluten «para que te sienten mejor» aunque no seas intolerante.

Como un tiro nos sientan, especialmente al bolsillo, todas esas zarandajas alimentarias en donde hay más diseño, marketing y publicidad que producto real, pues parece ser que cuanto más diminuta sea la botellita más efecto placebo lograremos tipo gotitas de la poción mágica de Asterix. O quizá sea el bálsamo de Fierabrás, capaz de curar todas las dolencias a Don Quijote pero que a Sancho Panza provocó diarrea por no ser caballero andante.

Otra cosa son los alimentos ecológicos, los de kilómetro cero, de pequeños productores responsables. Buenos para la salud y el medioambiente. Pero esos no los encontraremos protegidos en 35 envoltorios. Son productos naturales básicos para cocinar según la receta de la abuela. La nuestra y auténtica. Sin más etiquetas que una sonrisa.

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