Cataluña, callejón con salida

Carlos Santos
CARLOS SANTOS PERIODISTA

De los callejones sin salida, tarde o temprano se sale. Eso, que lo sabemos todos por las persecuciones de las pelis, lo recordamos aquí mismo hace unos meses, cuando el PSOE puso a tope su capacidad de autodestrucción. Una vez en el callejón, solo quedan tres opciones: saltar la tapia del fondo, con riesgo de no llegar vivo al otro lado; caer de mala manera entre los contenedores de basura que hay siempre en los callejones o… dar marcha atrás y volver a calle abierta, donde te están esperando tus perseguidores con las armas preparadas.  

Del callejón donde nos han metido los soberanistas y quienes no supieron responderles a tiempo o echaron más leña al fuego, también se saldrá, aunque no será sin daños ni será de un día para otro. Este es un problema político que requiere solución política, como ha ocurrido siempre de Josep Tarradellas a esta parte. Pero la política no es gratis, conlleva riesgos y más de uno se tendrá que dejar pelos en la gatera. Eso lo sabía muy bien Tarradellas, cuando regresó a España después del exilio, y lo sabía Suárez, cuando aceptó dar a ese retorno dimensiones institucionales, reconociéndolo como presidente de una Generalitat reinventada sobre la marcha, vivos todavía los rescoldos de la dictadura.

Cuarenta años después, el ‘problema catalán’ toma vuelos nunca vistos, que habrían sorprendido al propio Tarradellas. Quienes gobiernan la comunidad han decidido dar un paso adelante que con la ley en la mano parece imposible y cuentan para ello con un importante apoyo popular del que hoy veremos una nueva muestra en la calle; muchos proclamarán el ‘derecho a decidir’ y otros, directamente, la independencia. Eso obliga al Gobierno a dar respuestas que no solo ponen a prueba la fortaleza del Estado sino también la capacidad política de quienes lo regentan. De poco sirve, a estas alturas, mirar hacia atrás para buscar culpables. Tampoco sirve dividir el mundo entre buenos y malos; este problema no es solo un pulso entre el Estado y quienes dirigen las instituciones catalanas; es también un problema de división real entre ciudadanos. La creencia de que los malos son siempre los otros, tan arraigada en las tertulias de Madrid y Barcelona, no sirve para nada. Además de respuestas legales (a las que está obligado el Estado, para protegerse a sí mismo y proteger a quienes lo integran) el problema requiere respuestas políticas y vías de entendimiento entre unos y otros, por malos que unos crean que son los otros. No se conseguirá superar así como así la división, pero urge, por el bien común, atenuar sus efectos. Tendrán que hacerlo con tiento, porque en este callejón los errores pesan más que los aciertos.

La creencia de que los malos son siempre los otros no sirve para nada

¿Estoy pecando de equidistancia, como Jordi Évole? No me importa. Tampoco me importa pecar de obvio, porque hay obviedades que están en la base de la convivencia: los problemas políticos exigen soluciones políticas. No será fácil, ya digo. Quienes ni siquiera han explorado antes esas soluciones lo tendrán incluso muy difícil. Está ya tan enrarecido el ambiente que cualquier discurso bienintencionado, de servicio público o de Estado, quedará enterrado por el alud de oportunismo que nos invade e impregna tanto a los partidos en el Gobierno como a los que están en la oposición. Como aquel que se quedó colgado de una rama en un barranco, viendo lo que nos dicen los de arriba, usted y yo seguiremos preguntando:

-¿No hay nadie más ahí? 

Pero de este callejón vamos a salir, eso es seguro. Yerra Sáenz de Santamaría cuando dice que “la democracia ha muerto”, que la mataron el día 6 los secesionistas con su burdo intento de llevar a cabo esa secesión pasándose por el forro unas leyes a las que deben el sueldo y el escaño. No, la democracia no ha muerto, pero está pasando pruebas que solo admiten respuestas democráticas. Perdón por la redundancia, pero en esas respuestas está la salida del callejón.

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